Inicio mi testimonio vocacional con estas palabras: en realidad, no hay nada extraordinario en mi vida, pero Dios me ha llevado por caminos que no conocía, por lugares a los que nunca había pensado que iba a ir. Ha cambiado mis planes muchísimas veces, pero siempre me ha dado lo que necesito.
Esta es mi historia vocacional. Mi nombre es Edinson Jose Salas Guerra. Nací un catorce de marzo de mil novecientos ochenta y uno. Vengo de una familia pequeña donde somos seis: soy el mayor de cuatro hermanos; después siguen mi hermano Elkin Salas, Elizeth Salas (fallecida) y mi última hermana, Ana Salas; y finalmente mis padres, Edinson Salas Alarcón y mi madre Lenys Guerra Días, casados por la Iglesia católica.
Toda mi infancia la viví en la ciudad de Montería-Córdoba (Colombia). Desde pequeño empecé a trabajar con mi padre. Mi padre es un hombre trabajador; su oficio era la albañilería. Yo, desde pequeño, le ayudaba y al mismo tiempo estudiaba, pero también tenía tiempo para divertirme: salía con mis amigos a fiestas y a jugar al fútbol, que es uno de mis deportes favoritos. Mi vida giraba en torno a eso. Ese fue el ambiente en el que me desarrollé y viví.
A la edad de doce años hice mi primera comunión. Las catequistas que me prepararon para la primera comunión me invitaron a pertenecer al grupo de acólitos y yo dije que sí, sin saber que aquí encontraría el comienzo de mi vocación. Después de un tiempo como acólito, fui descubriendo cada día la presencia de Dios en mi vida. Iba casi cada día a misa.
Con el paso del tiempo, unas monjas religiosas, junto con el sacerdote de aquel momento, me sorprendieron con una pregunta: si quería vivir una experiencia vocacional, ya que veían en mí a una persona entregada y dedicada a las cosas de Dios por medio del servicio como acólito. Siempre estaba disponible en todo momento para prestar servicio al altar. Yo, sin pensarlo, dije que sí.
Pero mi vida era un dilema, porque yo quería entrar en el seminario y, al mismo tiempo, estudiar otra carrera para ayudar a mi familia. Así lo hice: al terminar la secundaria estudié una carrera técnica llamada administración técnica judicial, la cual terminé. A continuación me puse a buscar trabajo, porque quería trabajar para ayudar a mis padres, pero no fue posible. En aquel momento me pregunté: Señor, ¿será que tú me quieres para algo más grande, ya que las cosas no se me han dado? Fue en ese momento cuando sentí esa voz de Dios que me llamaba, y decidí escucharla. De esta manera di este paso importante respondiendo al Señor. Entré en el seminario con la orientación de las hermanas dominicas y del sacerdote de la parroquia a la que yo pertenecía.
Seguir al Señor es una experiencia de vida bella, maravillosa, donde se viven momentos difíciles, pero también momentos felices. Él nos da la fuerza necesaria para seguirlo. Seguir al Señor requiere sacrificio, pero un sacrificio que se convierte en amor, en dejarlo todo para seguirlo. Cuando lo seguimos con fidelidad recibimos de su parte la recompensa, que es su amor y sus bendiciones.
Después de esta experiencia de discernimiento, poniendo mi vida y mi vocación en las manos de Dios, entré en el seminario para realizar los estudios y la formación para el ministerio sacerdotal. Fueron ocho años de formación, los cuales terminé bien gracias a Dios.
Todo cristiano, todo bautizado, debe estar abierto al plan de Dios. Para ello, el único requisito es abrir el corazón para escucharlo. A veces queremos que Dios nos hable directamente, y él nos habla directamente por medio de su Palabra, que es la Sagrada Escritura. También nos habla por medio de personas, de un amigo, pero un amigo de verdad, o por medio de un sacerdote, que en mi caso fue así. Él me habló por medio de un amigo sacerdote que estaba aquí, en esta diócesis de Urgell, realizando unos estudios teológicos. Me habló, y yo escuché su voz y le dije: Señor, háblame, aquí estoy para hacer tu voluntad, como lo dijo también el profeta Samuel: habla, Señor, que tu siervo escucha.
Y aquí estoy, en estas bonitas tierras de Cataluña, especialmente en esta diócesis de Urgell, desde hace dos años, haciendo su voluntad. Si él lo quiere y lo permite, seré un sacerdote que entregará su vida poniéndola al servicio de los demás, como lo hizo nuestro Señor Jesucristo.
Cada uno de nosotros está llamado a servir a Dios, siendo testigo de su amor aquí en la tierra. La vida tiene sentido cuando servimos a los demás sin esperar nada a cambio, tal como él lo hizo, que entregó su vida por ti y por mí en la cruz, mostrándonos el verdadero amor.
Todos venimos a este mundo para cumplir una misión, un encargo de parte de Dios, y a cada uno nos llama a una vocación específica. En mi caso, me está llamando a ser un sacerdote santo para él, sirviéndolo por medio de su Iglesia, para entregar mi vida a los más necesitados, a los más pobres, a aquellos que ante la sociedad no valen nada, pero que para Dios valen mucho, porque todos somos imagen y semejanza de Dios. A todos nos llama para que seamos instrumentos de salvación.
También te llama a ti, niño, joven, adulto, a todos, para que lo sigamos y lo ayudemos en su obra redentora. Solo hace falta que abras tu corazón y escuches su voz. Por eso, querido joven, pregúntate, si aún no te lo has preguntado: ¿por qué yo no? Yo también puedo servir a Dios. Él te dirá que sí, solo déjalo entrar en tu vida.






