Article de Mons. Vives sobre el Dia del Seminari a la Revista “Ecclesia”

L’Arquebisbe d’Urgell i President de la Comissió episcopal de Seminaris i Universitats de la Conferència Episcopal Espanyola ha publicat un article a la Revista que pertany a l’episcopat espanyol “Ecclesia” sobre el Dia del Seminari que reproduïm a continuació:

El Seminario, misión de todos

En torno a la fiesta de San José, un año más celebramos el Día del Seminario, jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y por aquellos que en los Seminarios de todo el mundo se están preparando para recibir la ordenación sacerdotal que les configurará existencialmente como “pastores misioneros” de Jesucristo. No puede ser sólo la intención o reflexión de una jornada o de unos días, aunque así focalizamos y profundizamos en el valor de la oración por las vocaciones confiada, mantenida, perseverante, y en la estima que siempre debemos tener por los sacerdotes y por los que se preparan a ser pastores del Pueblo de Dios, según el corazón de Cristo y las necesidades actuales de la Iglesia, pastores evangelizadores bien preparados para los actuales tiempos de misión y que la humanidad tanto necesita.

En este momento las estadísticas que elabora la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades revelan que los sacerdotes ordenados en el año pasado fueron 135, y en el año anterior habían sido 109. Actualmente se están preparando en la formación inicial 1.203 seminaristas mayores, cuando en el año anterior eran 1.263 en total. Los seminaristas menores en este curso son 918, y el curso anterior eran 1.061. Podemos notar un cierto mantenimiento del número de seminaristas en las Diócesis españolas, con algo de disminución. Asimismo podemos ya comunicar que la Conferencia Episcopal Española ha elaborado y está a punto de aprobar un nuevo “Plan de Formación sacerdotal.- Formar pastores misioneros”, que aplicará y concretará para todas las Diócesis la nueva “Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis.- El Don de la vocación presbiteral” (diciembre 2016). Sin entrar a considerar las novedades de este Plan, sí que podemos afirmar que el futuro sacerdote está llamado a “una entrega total de sí, para el servicio al Pueblo de Dios, a imagen de Cristo Esposo”. Ese “cuidado pastoral de los fieles exige que el presbítero posea una sólida formación y una madurez interior, ya que no puede limitarse a una simple apariencia de hábitos virtuosos, o una obediencia meramente exterior y formal a principios abstractos, sino que está llamado a actuar con una gran libertad interior. Hombre de Dios que acompaña a sus hermanos a una relación personal con Jesucristo. Se requiere de él «madura capacidad para relacionarse con el prójimo» y «la serenidad de fondo, humana y espiritual, que le permita, superada toda forma de protagonismo o dependencia afectiva, ser hombre de comunión, de misión y de diálogo, capaz de entregarse con generosidad y sacrificio a favor del Pueblo de Dios». Y deberá tener un elemento destacado en el mayor acento en la madurez personal, espiritual, intelectual y afectiva de los candidatos al sacerdocio.

El lema de este año para el Día del Seminario nos habla de que la estima y cooperación por el Seminario “es misión de todos”. Y al decir el Seminario, debemos decir también los sacerdotes. Dios nos ha hecho el gran don de nuestros sacerdotes, los discípulos, amigos y hermanos de Jesús, que nos lo hacen presente. La iglesia nos insiste en nuestros días en que el camino sacerdotal tiene un primer tramo inicial, la forja del Seminario, y un segundo largo tramo, que durará toda la vida, y que abarca todas las edades. En cada etapa los seminaristas y los sacerdotes deben ir respondiendo al don de la gracia que han recibido, y deben renovar la vocación que Dios les ha regalado. Por eso el Pueblo de Dios debe tenerles bien presentes en sus oraciones. Cuando tantas sospechas recaen actualmente sobre los sacerdotes y su fidelidad, y muchos están denigrando la vocación sacerdotal y el celibato de los ministros consagrados, conviene que reafirmemos nuestra estima por aquellos que hace pocos o más años, le dijeron a Dios que sí, como la Virgen María, y como Ella, le entregaron toda su vida para configurarse a Cristo, servir al Evangelio, entregarse a los pobres y necesitados, ser portadores de la gracia de los sacramentos de salvación y construir como pastores, juntamente con todos los miembros del Pueblo de Dios, comunidades cristianas vivas y misioneras, donde se viva el amor auténtico y donde brille la comunión con el obispo, sucesor de los apóstoles, y con los hermanos de todo el Pueblo de Dios, consagrados y laicos. ¡Cuánto nos han ayudado y nos ayudan nuestros sacerdotes, y cuánta dedicación llena de amor nos han dado! Ellos han sido canal de gracia para nuestras vidas y para toda la sociedad, que se ve enriquecida con su aportación positiva en la convivencia ciudadana y en la formación de muchas personas. No podemos dejarnos robar el don de la confianza en los sacerdotes y los seminaristas que se preparan al ministerio; al contrario, estar cerca, confiar en ellos, ayudarnos mutuamente, y orar intensamente por su santificación y por su fidelidad.

Los seminaristas y los sacerdotes nos ayudan a reconocer la alegría que se esconde tras la gran vocación de servir a Jesucristo y los hermanos. Los presbíteros son hermanos débiles y frágiles, como todos, que están dando la vida por la Iglesia y por todos los hombres. Ellos muestran a nuestro mundo que existe una felicidad escondida, serena, profunda y gozosa en esta donación; y nos animan a todos a seguir por el camino de la fe. Seguir a Cristo del todo y para siempre, hace muy feliz y llena la vida de sentido y de amor. Conviene que muchos jóvenes lo conozcan y se animen a experimentar esta bienaventuranza, haciéndose seguidores radicales de Cristo y del Evangelio. ¡Explicar, testimoniar y confiar es misión de todos!

Como compromiso en el día del Seminario en la fiesta de San José, amemos y ayudemos al Seminario de nuestra Diócesis y a todos los Seminaristas del mundo -sintiéndolos como de la familia propia- y encomendemos los seminaristas y formadores que hacen camino de discernimiento con ellos, valorando el esfuerzo de los profesores y de las facultades a las que están afiliados todos los centros formativos, la ayuda de las parroquias y de los sacerdotes, consagrados y laicos que acompañan su crecimiento pastoral, y sobre todo debemos propagar en las comunidades eclesiales un gran movimiento de oración para que el Padre envíe más obreros al servicio del Reino de Dios.

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