Mn. Antoni Vidal, profesor del Ateneo Universitario Sant Pacià, ha sido el conferenciante y formador de la Escuela Diocesana de Formación Permanente (EDFP), en la sesión del sábado 25 de enero, que se ha llevado a cabo en el Santuario del Santo Cristo de Balaguer. Mn. Antoni Elvira, Director de la EDFP, abrió la sesión con la presentación del ponente, que ya había participado en la sesión inaugural de la escuela en el mes de noviembre. Después, Mn. Vidal inició su formación, en un tono cercano, en la que explicó los detalles de dos padres apostólicos: Clemente de Roma e Ignacio de Antioquía, dos figuras destacadas del cristianismo.
Como explicó Mn. Vidal, haciendo una visión general, los llamados padres apostólicos ocupan un lugar clave para entender los inicios del cristianismo y la continuidad entre la fe de las primeras comunidades y la vida de la Iglesia actual. Aunque, a primera vista, sus escritos pueden parecer simples o poco aportadores para quien ya ha recibido una formación cristiana básica, su valor es enorme desde el punto de vista histórico y teológico. A través de ellos se puede comprobar que la Iglesia no es el resultado de una deformación progresiva del mensaje de Jesús, sino la continuación esencial de lo que vivieron y transmitieron los apóstoles.
A partir del siglo XIX, con la aparición de los estudios históricos críticos, algunas corrientes defendieron que existía una ruptura profunda entre Jesús y la Iglesia posterior. En este debate, los padres apostólicos, junto con el Nuevo Testamento, se han convertido en un auténtico campo de batalla intelectual. La lectura atenta de estos escritos muestra que, a pesar de los cambios culturales y de contexto, los elementos esenciales de la fe, de la organización y de la vida cristiana ya están plenamente presentes desde los inicios.
Clemente de Roma
Una figura destacada es Clemente de Roma, obispo a finales del siglo I y considerado sucesor de Pedro según las tradiciones más antiguas. De su vida se conocen pocos datos, pero sí se ha conservado una carta de gran importancia dirigida a la comunidad cristiana de Corinto. Escrita en griego, en un contexto de persecuciones en Roma, esta carta responde a una grave división interna provocada por la destitución de los presbíteros legítimos por parte de un grupo de fieles. Con un estilo sereno pero firme, Clemente defiende el orden, la sucesión apostólica y la necesidad de preservar la unidad y la paz como elementos fundamentales de la vida eclesial.
Ignacio de Antioquía
Igualmente relevante es Ignacio de Antioquía, obispo de una de las comunidades cristianas más importantes del primer cristianismo. Condenado a muerte por su fe, fue conducido a Roma para ser ejecutado, y durante este trayecto escribió siete cartas a diversas iglesias. Estos escritos, marcados por la inminencia del martirio, tienen un tono vivo y directo, y reflejan una fe vivida con intensidad y coherencia hasta el extremo.
Las cartas de Ignacio ofrecen algunos de los testimonios más antiguos y claros sobre la fe cristiana. Destacan especialmente por su afirmación explícita de que Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, en respuesta a las primeras herejías que negaban su humanidad real. Al mismo tiempo, contienen referencias muy tempranas a la Eucaristía como verdadera presencia de la carne de Cristo, entendida como el mismo Cuerpo que padeció y resucitó, y celebrada como sacrificio sobre un altar.
Otro aspecto central del pensamiento de Ignacio es la importancia de la unidad dentro de la comunidad cristiana. Insiste reiteradamente en la necesidad de vivir en comunión, evitando divisiones y disputas, y presenta al obispo como el centro visible de esta unidad, acompañado por los presbíteros y los diáconos. Esta visión muestra que, ya desde los primeros decenios, la Iglesia tenía una estructura clara y una conciencia definida de su funcionamiento.
El profesor del Ateneo Universitario Sant Pacià terminó considerando que, en conjunto, los padres apostólicos no son solo una fuente de interés académico, sino también un testimonio vivo de una fe que, desde sus orígenes, se vivió con coherencia, orden y profundidad espiritual. A través de sus escritos se puede constatar que la Iglesia actual bebe directamente de las mismas raíces que alimentaron a las primeras comunidades cristianas.








