La familia de Dios

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

Con el afecto de padre y pastor, continúo con vosotros este camino dominical de acercamiento al Concilio Vaticano II.

Hoy querría presentaros la constitución dogmática Lumen gentium, que habla del misterio de la Iglesia. Su título, «Luz de las naciones», no es un adorno: es una confesión de fe. La Iglesia no es luz por sí misma; su luz es Cristo. Y sólo cuando permanece unida a Él, como la luna recibe del sol su claridad, puede iluminar el camino de los hombres, no con luz propia, sino con la transparencia humilde del evangelio.

Lumen gentium nos invita a contemplar la Iglesia con ojos creyentes, más allá de reducciones y caricaturas. No es, simplemente, una organización, ni un simple conjunto de costumbres, ni un poder entre los poderes. Es un misterio: un pueblo convocado por el Padre, reunido en el Hijo y vivificado por el Espíritu Santo. Es sacramento, es decir, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Allá donde la Iglesia vive en santidad, en caridad y en verdad, allí Dios se hace cercano, y la fraternidad se hace posible.

El Concilio nos recuerda, con una fuerza especial, que la Iglesia es el Pueblo de Dios en camino. En este pueblo, todos hemos sido marcados por un mismo bautismo y sostenidos por una misma fe. Nadie es cristiano de manera aislada; caminamos juntos. Y en esta comunión, el Señor concede diversos dones y ministerios: unos para presidir y servir la unidad, otros para consagrar la vida a Dios de una manera visible, y la inmensa mayoría para santificar el mundo desde dentro, en la familia, en el trabajo, en la cultura, en la vida social. No hay miembros de primera y de segunda: hay vocaciones diversas para una misma misión.

Por eso, Lumen gentium nos ayuda también a comprender mejor la vocación del laico. No es un «ayudante» ocasional de lo que otros hacen, sino un discípulo misionero llamado a vivir el evangelio allí donde se toman decisiones, se construyen relaciones, se educan los hijos, se cuida de los frágiles y se busca la justicia. Igualmente, nos recuerda la belleza de la vida consagrada, signo de que Dios basta, y la misión de los pastores, llamados a guiar, no como propietarios, sino como servidores: con proximidad, escucha, misericordia y valentía apostólica.

Pero si hay un capítulo que resuena como una llamada urgente, es el de la santidad. El Concilio proclama con claridad que todos estamos llamados a la santidad, sin excepción. La santidad no es un privilegio de unos pocos, ni una meta reservada a los que tienen tiempo o capacidades especiales. Es la forma normal de la vida cristiana: amar como Cristo, perdonar, servir, vivir con verdad, rezar, sostener la esperanza en la prueba. Y esta santidad cotidiana —silenciosa, a menudo escondida— es la fuerza más grande de la Iglesia.

Os propongo tres actitudes para acoger Lumen gentium en nuestra vida diocesana. La primera: gratitud por pertenecer a este pueblo amado, sostenido por la gracia. La segunda: corresponsabilidad, para que nadie se sienta espectador, sino parte viva de la misión. La tercera: humildad, para que nuestra Iglesia local de Urgell esté más centrada en Cristo y en los pobres, en todos aquellos que necesitan ser invitados a la comunidad y llegar a ser familia urgelitana.

Que esta lectura conciliar nos renueve por dentro, para que, unidos a Cristo, seamos en medio del mundo signo de esperanza y calidez de fraternidad.

Con la bendición y afecto, de vuestro obispo, vuestro servidor,

✠ Josep-Lluís Serrano
Obispo de Urgell

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La familia de Dios
d’Amic e Amat
La familia de Dios
Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

Con el afecto de padre y pastor, continúo con vosotros este camino dominical de acercamiento al Concilio Vaticano II.

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