34ª Jornada Mundial del Enfermo: “El amor no es pasivo, cuida del otro”

Hoy en la Iglesia celebramos la 34ª Jornada Mundial del Enfermo, con el lema «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”.

Este año se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú. Por este motivo, el Santo Padre ha querido proponer de nuevo la imagen del Buen Samaritano, para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, y para poner la atención en los necesitados y en los que sufren, como los enfermos.

En el mensaje del papa León XIV, se nos recuerda que el Buen Samaritano, al ver a un hombre herido en el camino de Jericó, no pasó de largo, sino que se detuvo, ofreciéndole cercanía humana y solidaridad. La moral, por tanto, no reside tanto en identificar al prójimo como en “hacerse” prójimo. Como recordaba san Agustín, “nadie es prójimo de otro hasta que no se acerca a él voluntariamente. Por tanto, quien ha mostrado misericordia, se ha hecho prójimo”.

El Santo Padre nos habla en este mensaje del regalo del encuentro, de la alegría de dar proximidad y presencia. Así nos dice en este día que “el amor no es pasivo; va al encuentro del otro. Ser próximo no depende de la proximidad física o social, sino de la decisión de amar. Por ello, el cristiano se hace próximo de quien sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida”.

También nos habla de la misión compartida en el cuidado de los enfermos: “tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y conduce al compromiso con el sufrimiento del otro. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida”.

León XIV nos indica finalmente un camino interior: “movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano”. Y con esta dimensión, también podemos contrastar lo que significa amarse a uno mismo. Supone alejar de nosotros el interés en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje y “recuperar nuestra propia posición ante Dios y el hermano”. Cuanto más vivimos las relaciones interpersonales de manera auténtica, más madura nuestra propia identidad personal. El Santo Padre termina su mensaje animándonos en el amor fraterno: «Deseo vivamente que nunca falte en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, «samaritana», inclusiva, valiente, comprometida y solidaria que tiene la raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por este amor divino, podremos entregarnos verdaderamente a favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos.” Y nos da su bendición apostólica.

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