La jornada del primer día en Taizé, en París, el 28 de diciembre, se ha vivido en un ambiente de oración, silencio y fraternidad.
El día ha comenzado a las 8.30 h con la oración de la mañana, celebrada en cada parroquia de referencia. Ha sido un primer momento para disponer el corazón, iniciar la jornada en presencia de Dios y unirnos, desde la diversidad de lugares y realidades, en una misma oración.
Entre las 9 y las 11 h, hemos participado en el compartir por grupos, centrado en el pasaje bíblico del profeta Elías en el monte Horeb. Este texto nos ha llevado a meditar el momento en que Elías, cansado y desbordado, pide la muerte, pero es visitado y consolado por el ángel del Señor, que le dice: «Levántate y come, que todavía te queda mucho camino». A partir de este relato, hemos reflexionado sobre el don del consuelo: cómo hemos experimentado el consuelo de Dios en nuestra vida, cómo Él ha consolado a otras personas a través de nosotros y cómo, en comunidad, aprendemos también a consolarnos mutuamente.
A las 11.30 h, nos hemos desplazado al Champ de Mars para recoger la comida.
Por la tarde, hemos visitado la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, un lugar de gran fuerza espiritual, donde hemos podido rezar ante el Santísimo Sacramento. Esta basílica es especialmente significativa por su adoración eucarística perpetua, que se mantiene de manera ininterrumpida desde hace décadas, y nos ha ofrecido un tiempo de profundo silencio y adoración.
Hemos culminado el día con la oración de la tarde (Evening Prayer), acompañados por nuestro obispo Josep Lluís Serrano, en la iglesia de Saint-Sulpice. Allí hemos adorado la cruz con cantos repetitivos, lecturas bíblicas y silencios, elementos propios de la oración de Taizé que ayudan a interiorizar la Palabra y a abrir el corazón a Dios.
En este momento de oración, hemos rezado también la oración del «grano de trigo», con las palabras del Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24), poniendo ante el Señor la propia vida, las fragilidades y la esperanza de que, entregadas a Él, puedan dar fruto.
Hemos cerrado la jornada con una cena compartida, agradecidos por lo vivido, por el camino recorrido juntos y por el consuelo recibido, conscientes de que, como Elías, todavía nos queda camino por recorrer, pero no lo hacemos solos.
Jaqueline Capdevila


















