Redescubramos el Concilio Vaticano II

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

Con el afecto de padre y pastor me dirijo a vosotros para iniciar una serie de glosas dominicales en las que iremos conociendo, paso a paso, el Concilio Vaticano II. Lo haremos como quien vuelve a una fuente viva para beber de ella con gratitud y esperanza, para servir mejor a nuestras comunidades cristianas. El Concilio fue una gracia concedida a la Iglesia para que profundizara en su propia esencia y actualizara el mensaje que anuncia al mundo, para que renovara su fe y revitalizara su voz en la sociedad.

Su intención fue profundamente pastoral: que el pueblo cristiano contemplara con mayor claridad el rostro de Cristo y lo mostrara con mayor sencillez. No se trataba de inventar una Iglesia diferente, sino de dejar que el mismo evangelio —siempre antiguo y siempre nuevo— respirara con mayor libertad en nuestra Iglesia, en nuestras parroquias, en nuestras familias, en todas nuestras acciones pastorales y en nuestras propias vidas.

Conviene, ante todo, recordar qué es un concilio: una reunión de todos los obispos del mundo con el papa, sucesor de Pedro, que los preside, para discernir, bajo la guía del Espíritu Santo, aquello que la Iglesia debe custodiar, profundizar y proponer. Así sucedió en el Concilio Vaticano II, celebrado entre los años 1962 y 1965: pastores venidos de todas las naciones, llevando en el corazón las alegrías y las heridas de sus pueblos, buscando palabras y caminos para que la fe se hiciera luz, esperanza y fermento.

Por eso, nos acercaremos al Concilio, y os invito a hacerlo con tres disposiciones del alma.

La primera: la gratitud. Damos gracias por la herencia que hemos recibido: una comprensión más plena de la Iglesia como Pueblo de Dios, donde todos —laicos, consagrados y sacerdotes— participamos, según nuestra vocación, en una misma misión. Damos gracias por la centralidad de la Palabra de Dios, que no es un adorno piadoso, sino el alimento cotidiano. Damos gracias por la liturgia, que el Concilio quiso más consciente y participada, para que el corazón creyente no sea espectador, sino orante.

La segunda: la serenidad. No leamos el Concilio como una bandera de partido, ni como un arma arrojadiza. Lo que nace del Espíritu produce comunión. Allí donde hay división, sospecha y amargura, no es fruto del buen espíritu. El Concilio pide una fidelidad inteligente: amar la Tradición viva, la que proviene de la Palabra de Dios y, al mismo tiempo, dejarnos purificar de rutinas, superficialidades y miedos.

La tercera: la conversión. Porque ningún documento sustituye a la santidad. Los documentos conciliares nos llevan a rezar mejor, a amar más, a servir con mayor generosidad. Que el Concilio sea para nosotros una llamada a volver a lo esencial: Cristo en el centro; la caridad como medida; la misión como impulso.

Con todos vosotros, quisiera, a partir de hoy, ir repasando y leyendo de nuevo los documentos que constituyen el Concilio Vaticano II para revivir sus líneas fundamentales y hacer vida el contenido de sus constituciones, decretos y declaraciones en el seno de nuestra Iglesia de Urgell.

Con la bendición y el afecto de Vuestro obispo y servidor,

✠ Josep-Lluís Serrano
Obispo de Urgell

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Redescubramos el Concilio Vaticano II
d’Amic e Amat
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