Diseñemos nuevos mapas de esperanza

Queridos diocesanos,
querida iglesia de Urgell,

Continúo este camino dominical de acercamiento al Concilio Vaticano II. Hoy quisiera presentaros una declaración conciliar breve en extensión, pero de gran alcance para la vida de la Iglesia y para el futuro de los pueblos: Gravissimum educationis, sobre la educación cristiana. El Concilio la califica de “gravísima” para subrayar su importancia, ya que educar es una tarea decisiva, porque en ella se juegan la dignidad de la persona, la solidez de la sociedad y la transmisión de la fe.

Gravissimum educationis parte de una convicción luminosa: toda persona tiene derecho a una educación que responda a su vocación para crecer como ser humano: en la verdad, en la libertad, en la responsabilidad, en la capacidad de amar y de servir. Educar es ayudar a descubrir quién soy y para qué vivo; es abrir el corazón a lo que es bueno, bello y verdadero; es formar la conciencia para que no sea esclava de modas o presiones, sino capaz de elegir el bien.

Desde esta perspectiva, el Concilio reconoce a la familia como la primera y principal educadora. En el hogar se aprende a hablar y a escuchar, a confiar y a perdonar, a respetar y a trabajar. Allí se siembra, muchas veces sin ruido, la fe: con el ejemplo, con la oración sencilla, con la celebración de los tiempos litúrgicos, con la caridad vivida. Por eso, queridos padres y madres, vosotros sois los primeros educadores de vuestros hijos; vuestro ejemplo es esencial, con la ayuda también de la escuela y de la catequesis.

Asimismo, el Concilio subraya la misión propia de la Iglesia en el campo educativo. La comunidad cristiana educa cuando anuncia el evangelio, cuando acompaña, cuando propone caminos de maduración humana y espiritual. Educa también mediante sus escuelas, que son lugares donde la persona es mirada en su totalidad, donde la fe y la cultura dialogan con respeto, y donde se aprende a vivir con sentido de servicio. Una escuela católica —dice el espíritu del Concilio— no se define solo por un nombre, sino por un alma.

Y no podemos olvidar, en esta carta, a quienes dedicáis vuestra vida a enseñar. A los docentes, educadores, catequistas y formadores, os doy gracias. Vuestra tarea es humilde y grande. A menudo parece que no veis su fruto inmediato; otras veces cargáis cansancios y desafíos que no se ven. Pero sabed que la Iglesia os mira con estima: cada gesto de paciencia, cada palabra de ánimo, cada exigencia justa, cada acompañamiento discreto puede marcar una vida para siempre.

Os propongo tres compromisos concretos, a la luz de Gravissimum educationis.

El primero: cuidar la alianza educativa. Familia, escuela y comunidad cristiana no deben caminar en direcciones opuestas. Busquemos espacios de diálogo, de escucha y de corresponsabilidad, para que nuestros jóvenes tengan un horizonte largo, amplio y esperanzado por donde caminar.

El segundo: educar el corazón, no solo la mente. Necesitamos formar en virtudes: la sinceridad, el esfuerzo, la templanza, el respeto, la compasión. Y necesitamos educar en la fe como camino de libertad, no como una carga: una fe pensada, rezada, celebrada y vivida.

El tercero: no abandonar a nadie. El Concilio tiene una mirada inclusiva y esperanzada: toda persona tiene derecho a ser educada y a abrirse a la verdad; toda herida puede ser acompañada. Tengamos un cuidado especial por quienes viven dificultades, por quienes provienen de familias frágiles, por quienes se sienten sin lugar, por quienes han perdido el sentido.

Que el Señor nos conceda ser una Iglesia que educa, ya que evangelizar es también formar personas libres, maduras y capaces de esperanza.

Con la comunión de vuestro obispo, Vuestro servidor,

✠ Josep-Lluís Serrano
Obispo de Urgell

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