Mi camino vocacional comenzó en casa, en mi familia. Mi abuela, que ya ha fallecido, me enseñó a rezar. Y mis abuelos, llevándome a la iglesia, plantaron en mi corazón la primera semilla del sacerdocio.
Desde pequeño sentía curiosidad por la Eucaristía. Incluso jugaba a hacer de «sacerdote» con mis amigos. Ahora entiendo que Dios ya me estaba preparando para una misión más grande.
En el instituto, mi deseo de ser sacerdote creció, pero lo guardaba en secreto. Un día, la hermana Pinky, encargada del dormitorio, me preguntó directamente: «¿Quieres ser sacerdote?» Me sorprendió que adivinara mi secreto… y dije que sí.
Pero al terminar, no entré al seminario. Estudié ingeniería en la universidad. Sin embargo, mi vocación no se apagó. Un compañero me invitó a un retiro, y la llamada se reafirmó. Entonces dejé la carrera y entré al seminario en Manila.
Después de unos años de formación, pasé por una crisis vocacional y decidí marcharme. Volví a casa, trabajé como maestro y cuidé a mi madre, que había sufrido un derrame cerebral.
Me sentía vacío. En un retiro, el difunto obispo Sorra me animó a continuar si Dios me llamaba. Así que ingresé en un monasterio, con los Hermanos Menores de San Juan Bautista. Allí trabajé como maestro, administrador, e incluso gestioné la granja. Pero después de rezar y discernir, comprendí que la vida religiosa no era para mí. Con dirección espiritual, pedí permiso para marcharme.
Entonces conocí al P. Jerrick, que me invitó a su diócesis, aquí en Cataluña. Al mismo tiempo, también había solicitado el ingreso en el Ordinariato Militar de Filipinas.
Recé pidiendo una señal: la primera carta que recibiera indicaría dónde quería Dios que estuviera. Llegó primero la carta de Mn. Gabriel, aceptándome para esta diócesis. Y al día siguiente llegó la otra aceptación.
Y aquí me tenéis. Vine a Cataluña sin saber la lengua. Ahora comienzo mi cuarto año, hace más de un año que fui ordenado diácono, y cada día aprendo más la lengua y la cultura de esta tierra querida.
Que el Buen Dios nos bendiga a todos. Y os pido que recéis por mí. Muchas gracias.






