Casa de Dios y puerta del cielo

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

Con el afecto de padre y pastor, hoy os invito a fijar la mirada en la constitución Sacrosanctum Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Puede parecer, a primera vista, un tema “técnico”, reservado a quienes preparan celebraciones. Pero, en realidad, toca el corazón mismo de la vida cristiana. Porque la liturgia no es una decoración de la fe, ni un simple conjunto de ritos: es el lugar donde la Iglesia vive de Cristo y donde Cristo continúa actuando en su Iglesia.

El Concilio quiso que volviéramos a contemplar la liturgia como obra de Dios y no solo como obra nuestra. En ella, el Señor nos reúne, nos habla, nos alimenta, nos perdona y nos envía. En la liturgia se hace visible la Iglesia tal como es: pueblo convocado, cuerpo unido, familia reconciliada. Por eso, cuando celebramos, no “asistimos” a algo ajeno: entramos en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y resurrección, que es la fuente de nuestra esperanza.

Sacrosanctum Concilium nos recuerda que la liturgia es la “cumbre” hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la “fuente” de donde brota su fuerza. Si nuestra caridad se enfría, si nuestro anuncio se vuelve cansado, si la misión pierde alegría, a menudo es porque nos hemos alejado de la fuente. La liturgia bien celebrada —con fe, con sencillez, con verdad— no nos encierra; al contrario, nos abre. Nos arraiga en Dios para hacernos disponibles a los hermanos.

El Concilio subrayó también algo decisivo: la participación plena, consciente y activa de los fieles. No se trata de multiplicar cosas que hacer, ni de convertir la celebración en un escenario. Se trata de participar con el corazón despierto: escuchar la Palabra, responder con la fe, unirse a la oración de la Iglesia, ofrecer la vida con Cristo, comulgar con deseo de conversión. La participación más profunda es interior, y de ella brota, naturalmente, la expresión exterior.

Por eso, Sacrosanctum Concilium impulsó una renovación que ayudara a comprender mejor los signos y a saborear la riqueza de la tradición litúrgica. Quiso que la Palabra de Dios fuera proclamada con mayor abundancia; que los ritos manifestaran con mayor claridad su sentido; que el canto sagrado fuera un verdadero ministerio; que el silencio tuviera su lugar; que el año litúrgico formara el alma cristiana; que los sacramentos fueran celebrados como encuentros reales con Cristo. Y todo ello para que el pueblo de Dios, es decir todos nosotros, pudiéramos beber con mayor claridad del misterio.

Me complace concluir con una invitación muy concreta para nuestra Iglesia diocesana. Cuidemos la liturgia porque no es nuestra. Cuidemos la preparación: lectores laicos, cantos, espacios limpios y ordenados, una acogida fraterna. Cuidemos el ritmo interior: llegar a tiempo, guardar el silencio, escuchar sin prisas, responder con fe. Cuidemos, sobre todo, el corazón: porque no hay belleza exterior que sustituya a una asamblea que ora. Y no olvidemos que la liturgia auténtica no termina con el “podéis ir en paz”: comienza allí, en la vida cotidiana, donde se pone a prueba la verdad de lo que se ha celebrado.

Que el Señor nos conceda redescubrir, a la luz de Sacrosanctum Concilium, la alegría de celebrar en comunidad para llegar a la Jerusalén celestial.

Con la bendición y el afecto de vuestro obispo, Vuestro servidor,

✠ Josep-Lluís Serrano
Obispo de Urgell

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Casa de Dios y puerta del cielo
d’Amic e Amat
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