Con el afecto de padre y pastor, continúo este camino dominical con vosotros, poniendo hoy la mirada en uno de los grandes tesoros del Concilio Vaticano II: la constitución dogmática Dei Verbum, sobre la Revelación divina. No es un texto solo para especialistas, sino una luz para todo el pueblo de Dios. Porque, si queremos entender la Iglesia y su misión, debemos volver siempre al origen: Dios que habla, Dios que se da a conocer, Dios que sale al encuentro del hombre con palabras y con obras, con promesas y con fidelidad.
Dei Verbum nos recuerda, con una profunda sencillez, que la fe cristiana no nace de una idea ni de una moral, sino de un acontecimiento: el Señor se ha revelado. Y esta revelación no es una información fría sobre Dios, sino su amistad ofrecida. Dios, en su bondad, ha querido “hablar a los hombres como a amigos” e invitarlos a la comunión con él. Y la cumbre de esta palabra es Jesucristo: él no solo nos dice quién es Dios; él es la Palabra hecha carne, el rostro visible del Padre, la vida entregada por nosotros.
Esta convicción tiene consecuencias muy concretas para nuestra vida cristiana. En primer lugar, Dei Verbum nos ayuda a amar la Escritura como un don vivo dentro de la Iglesia. La Biblia no es un libro cualquiera: es Palabra de Dios en palabra humana. Por eso la leemos con respeto y humildad y, al mismo tiempo, con confianza, porque el mismo Espíritu que la inspiró sostiene su comprensión cuando es acogida en la fe de la Iglesia.
En segundo lugar, el Concilio nos invita a no separar nunca Escritura y Tradición, como si fueran dos realidades rivales. Son, más bien, dos caminos inseparables por los que el único Evangelio nos llega. La Tradición viva es la vida misma de la Iglesia, que transmite lo que ha recibido; la Escritura es su testimonio normativo e inspirado. Y el Magisterio no es propietario de la Palabra, sino servidor: la custodia, la explica fielmente y la propone para que alimente al pueblo.
Os invito, pues, a realizar una experiencia muy sencilla, pero decisiva: volvamos a la Palabra. En las familias, reservad un momento semanal para leer juntos el evangelio. En las parroquias, hagamos de la lectio divina un hábito; comencemos, en este próximo tiempo cuaresmal, a trabajar y vivir de la Palabra de Dios en comunidad. En la vida personal, llevemos a la oración aquello que escuchamos en la liturgia: una frase, una imagen, una promesa. La Palabra, cuando es acogida, ordena el corazón, consuela en la prueba, despierta la conversión y enciende la misión.
Y si alguna vez nos parece que no entendemos, no nos desanimemos. La Palabra se abre a los humildes y avanza con paciencia. El Señor no habla para confundirnos, sino para conducirnos. Como los discípulos de Emaús, dejemos que él nos explique las Escrituras y nos encienda el corazón.
Que esta etapa de nuestro camino conciliar nos haga una Iglesia más arraigada en Cristo, más nutrida del evangelio y más valiente en el testimonio.
Con la bendición y el afecto de vuestro obispo, vuestro servidor,
✠ Josep-Lluís Serrano
Obispo de Urgell






