Enterrar a los muertos y rezar por los difuntos

Cuando concretamos nuestro ser "misericordiosos como el Padre" (Lc 6,36), nos aparecen dos obras de misericordia, "rezar por los vivos y por los difuntos", y "enterrar a los muertos", que son dos acciones relevantes de misericordia, buenas para realizar en este mes de noviembre, tradicionalmente dedicado al recuerdo y la oración por los difuntos.

La Santa Sede acaba de hacer pública la Instrucción "Para resucitar con Cristo" (Ad resurgendum cum Christo), redactada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde se explica que aunque la Iglesia siga prefiriendo la sepultura de los cuerpos, acepta también la incineración, pero se prohíbe esparcir las cenizas de los difuntos, hacer objetos para guardar, dividirlas entre los familiares o conservarlas en casa. Dice también que no se encuentran razones doctrinales para desestimar la práctica de la cremación, que va en aumento, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo y por lo tanto no contiene la negación objetiva de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección de los cuerpos. "No se pueden permitir, por tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de reencarnación, o como la liberación definitiva de la 'prisión' del cuerpo".

La Iglesia reclama el mayor respeto para el mismo difunto y profesa desde sus inicios "la resurrección de la carne, o de los muertos, y la vida perdurable". Los restos materiales quizás desaparecerán, pero Dios, que todo lo puede, nos resucitará. Y seremos nosotros mismos, si bien no podemos resucitar con los achaques o los defectos actuales de los cuerpos. San Pablo proclama: "Se siembra un cuerpo corruptible, y resucita incorruptible; se siembra un cuerpo terrenal, y resucita un cuerpo espiritual" (1Co 15,42.44). Enseña que el cuerpo será transformado, y será un cuerpo "espiritual", ya del todo transformado por el Espíritu Santo, a semejanza del Cuerpo Resucitado del Señor Jesucristo, que era bien real, pero que no lo reconocían en las apariciones; se requerían los ojos de la fe.

La Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados, ya que quiere confirmar su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como dimensión integrante de la persona con la que el cuerpo comparte la historia. Lo mejor es sepultar el cuerpo en el cementerio, agrupando los seres queridos y la familia; o bien, después de la misa exequial o la oración de la Iglesia, realizar la cremación y enterrar las cenizas en un lugar sagrado, como el mismo nicho familiar del cementerio, o en algún columbario ya preparado para tal fin. Esto permitirá que podamos ir a manifestar nuestro amor a los difuntos, a la espera de reencontrarnos con ellos.

Oremos por los difuntos en este mes de noviembre, con espíritu misericordioso. Acordémonos de nuestros familiares y amigos, pero también de todos los difuntos, especialmente de los que mueren solos y abandonados, o de aquellos que nadie recuerda. Y pidamos por todos, que Dios les conceda el descanso en “el lugar del consuelo, de la luz y de la paz" (Plegaria eucarística I).