Un nuevo año, un don de Dios misericordioso

En medio de las fiestas de Navidad y Epifanía, empezamos un Nuevo Año. Recordamos a los que ya han pasado hacia la vida eterna, y pensamos en los que tenemos cerca, aquellos que dependen en cierto modo de nosotros. Pensamos en los que sufren y que esperan mejorar sus condiciones de vida en este nuevo año. Y en el fondo, encomendamos a Dios todos los días que tenemos por delante. Se nos da poder comenzar un nuevo año de la historia de la humanidad, mejor aún, un nuevo año de nuestra personal historia, lo que llamamos "el camino de la vida". Dios siempre nos acompaña en este camino, no lo hacemos solos. De Él venimos, en Él vivimos y hacia Él nos dirigimos. Mientras tanto nos da la Iglesia, una "familia" de hermanos; y nos sostiene con su gracia para que no caigamos y porque si caemos, nos levantemos. Ya que Él es siempre Padre de Misericordia. Nos llena de sus dones y nos ama en el vivir de cada día. A Él le encomendamos todo este 2016 que estamos apenas iniciando.

Más allá, sin embargo, de los estados de ánimo, os invito a tener una mirada profunda, reflexiva, sobre el tiempo y la vida. Y en torno a estos pensamientos giran una serie de interrogantes sobre cómo vivimos, o mejor sobre cómo vivo y gasto la vida yo: ¿qué hago? ¿qué vale la pena vivir? ¿qué dejaré cuando me marche? ¿amo de verdad? ¿quién soy en el fondo? ¿cómo puedo mejorar aunque sea un poco?

Los creyentes, ante el tiempo y el nuevo año que tenemos por delante, debemos hacernos una pregunta muy personal: ¿qué espera Dios de mí en este tiempo que me regala? Para responderla, no estamos a oscuras. Tenemos a Cristo que, como en el camino de Emaús, nos acompaña y nos habla al corazón. Nos interpela a través de las Escrituras y a través de la vida; a través de los hermanos y de los pobres; a través de los acontecimientos, de las pruebas... Si el tiempo está lleno de la presencia de Dios, el tiempo se convierte en un verdadero don de Dios que hay que acoger, aprovechar, disfrutar y agradecer. Es bonita la oración de los discípulos: "Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída" (Lc 24,29). Hagamos acción de gracias por los dones recibidos, intercesión por lo que necesitaremos en adelante y arrepentimiento por todo lo que quedó por hacer o que hicimos mal hecho en el año pasado, en la vida pasada. Y comprometámonos a vivir en la confianza puesta en el Señor y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo.

La llegada de un nuevo año debemos verla como un tiempo propicio que Dios nos envía. Un don de gracia; una oportunidad de crecer  y de dar gloria a Dios. Conviene que sea una oportunidad nueva para madurar en el camino de la fe, para vivir comprometidamente nuestra vida: en el seno de la familia, de la comunidad cristiana, de la vida del pueblo y ciudad. St. Juan Pablo II nos exhortaba al inicio del milenio: "No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su cumplimiento en la Jerusalén celestial” (NMI 29). Cada uno sabe que está llamado a acoger y a hacer fructificar los "talentos" que Dios ha puesto en sus manos, "viviendo siempre alegres en el Señor" (Fil 4,4), sirviendo a los pobres, siendo misericordiosos como el Padre, practicando las obras de misericordia, con la Eucaristía como alimento para el camino de la vida, hasta el encuentro definitivo con el Señor.