La puerta siempre abierta de la misericordia

Este domingo el Papa Francisco clausura solemnemente en Roma el Año jubilar de la misericordia, tal como lo hicimos en las Diócesis de todo el mundo el pasado domingo. Pero debemos afirmar bien rotundamente que no se cierra ninguna puerta, ya que la Puerta grande e inmensa del Amor de Dios que es Jesucristo, permanece siempre abierta, como su Sagrado Corazón, siempre abierto desde la Cruz para "misericordiar", acoger, lavar, perdonar, sanar, suavizar heridas y salvarnos, para resucitar con Él a una nueva vida de la gracia y del amor ardiente del Espíritu. Jesús siempre es la Puerta, que queda abierta, disponible, cercana... Asimismo la Iglesia, Cuerpo de Cristo, siempre es portadora por todos los siglos de este perdón misericordioso de Cristo a la humanidad. Y en la Iglesia, los obispos y los sacerdotes, de forma sacramental, hemos recibido un ministerio/servicio de reconciliación, de perdón y de paz para todos los fieles y para la humanidad entera. Somos embajadores de la reconciliación que tanto necesita nuestro mundo. Jesucristo es el Salvador que nos redime y nos envía a ser misericordiosos con todos, especialmente salir al encuentro de los pobres y vivir el amor con obras y de verdad. Pastoral de la misericordia y de la proximidad hacia los que sufren.

El lema propuesto durante todo el año jubilar "Misericordiosos como el Padre" (Lc 6,36) no puede quedar en un eslogan, sino que debe ser un compromiso de vida. No se trata de un lema ingenioso, sino que es la Palabra de Vida del Evangelio que da luz a nuestra existencia, un compromiso, ya que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos como el Padre significa ser compasivos.

Y el Papa Francisco en una sugerente catequesis (21.9.2016) se preguntaba: ¿Podemos estimar como ama a Dios y ser misericordiosos como Él? Si miramos la historia de la salvación, vemos que toda la revelación de Dios es un incesante e inagotable amor por los hombres. Dios es como un padre o como una madre que ama con un amor infinito y lo derrama con abundancia sobre toda criatura. La muerte de Jesús en la cruz es la culminación de la historia de amor de Dios con la humanidad. Un amor talmente grande que sólo Dios lo puede realizar. Es evidente que, relacionado con este amor que no tiene medida, nuestro amor siempre será imperfecto. Pero, cuando Jesús nos pide ser misericordiosos como el Padre, ¡no piensa en la cantidad! Él pide a sus discípulos convertirse en signo, canales, testigos de su misericordia. Y la Iglesia no puede dejar de ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todos los tiempos y para con toda la humanidad. Todo cristiano, por tanto, está llamado a ser testigo de la misericordia, y esto sucede en el camino a la santidad.

Ser misericordiosos significa "perdonar" y "dar". La misericordia se expresa sobre todo en el perdón. De hecho, es el perdón el pilar que sostiene la vida de la comunidad cristiana, porque en ella se manifiesta la gratuidad del amor con el que Dios nos ha amado primero. ¡El cristiano debe perdonar! Porque ha sido perdonado. Y Jesús nos indica también un segundo pilar: "dar". Él nos enseña la gran verdad: «Dad y se os dará [...] pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6,38). Dios da muy por encima de nuestros méritos, pero será aún más generoso con los que en la tierra serán generosos. El amor misericordioso es por ello el único camino a seguir. ¡La Puerta de la misericordia queda abierta!