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Amar al propio país

Hoy es la “Diada” nacional de Cataluña. No podemos sentirnos alejados o desinteresados de esta celebración, ya que el cristiano, como consecuencia del cuarto mandamiento de la ley de Dios, desarrolla el amor al país donde nace, o en el que ha crecido y se ha formado y educado, o aquél que por emigración se ha hecho suyo. “Patria” significa "lugar de los padres", lugar y comunidad que da cohesión y sentido a la dimensión social más cercana de mi existencia, después de la familia.

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2199) enseña el valor religioso del amor hacia la patria: “El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más universal. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los abuelos y antepasados. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, a los que la administran o la gobiernan.”

El amor al país propio es un valor cívico que se aprende en primer lugar en el hogar, luego se nutre en la escuela y se va perfeccionando hasta llegar a ser personas útiles y responsables para con la sociedad en que vivimos. Se da un doble vínculo simultáneo: con la tradición histórica de las generaciones que nos han precedido y las que vendrán, y un vínculo con todos nuestros contemporáneos del país. De aquí que valoremos los símbolos de la patria, como la bandera y el himno, las personas que la representan, las fiestas y tradiciones, los antepasados, y sobre todo la lengua, la historia y la cultura. También que trabajamos para que se procure el mayor bien para todos, con preferencia por los menos favorecidos -como haría una familia- con justicia y libertad, y sea acogedora de los que vengan. Asimismo hay que cuidar la apertura a la comunidad internacional en una cooperación para la paz y el respeto de todos los derechos de las personas y de los pueblos. La predilección por el propio país, lengua y cultura es perfectamente conciliable con el respeto a todas las naciones y a la caridad universal. Tenemos que sumar el amor y el respeto positivo por nuestras cosas colectivas, y apreciar justamente las de los demás. Porque los enemigos del verdadero patriotismo son el chovinismo o exaltación de la propia nación como si fuera el bien supremo, que puede terminar en la xenofobia o la discriminación racial; y también, por defecto, el internacionalismo de los hombres sin patria, que desprecian la suya con el argumento de ser ciudadanos del mundo. El auténtico amante de su patria puede quejarse de su país, observando sus errores y deficiencias, pero al mismo tiempo siempre buscará y propondrá los medios para solucionarlos. No es correcto contemplar cómo el país se hunde o se cierra o se divide y no hacer algo. No valen las quejas, la pereza o la discordia. El cristiano debe ser sembrador de paz y de hermandad, debe saber valorar justamente las virtudes propias y defenderlas, pero nunca en detrimento de cerrarse a las virtudes de los otros pueblos o naciones.

Partiendo de la Visita espiritual a la Virgen de Montserrat, del Venerable obispo Josep Torras y Bages (1846-1916), recemos hoy diciendo: “Madre y Patrona, procúranos aquella fe que hunde las montañas, colma los valles y allana el camino de la vida; la honestidad de la vida pública; que desaparezcan maldición, blasfemia y el espíritu de discordia, y reúne a todos tus hijos en hermandad; haz que nunca se deshaga este pueblo catalán que Tú espiritualmente engendraste; defiende de enemigos espirituales y temporales toda la tierra catalana que tienes encomendada, y obtén a los pueblos de Cataluña una paz cristiana y perpetua.