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Nuevo curso, don renovado de la misericordia de Dios

Celebrando el Año santo de la misericordia nos conviene reponer fuerzas para recomenzar con alegría y corazón renovado las realidades de la vida diaria. Terminando el verano, todos ya hemos regresado o vamos volviendo a la normalidad de la escuela de los pequeños y los jóvenes, del trabajo y de la vida cotidiana, a menudo con los mismos problemas con los que terminamos... Podríamos desanimarnos o deprimirnos. Cuesta, quizás, volver a empezar, volver a programar las actividades comunitarias... Algunos lo harán con resignación porque no hay otro remedio; otros quizá como un acto rutinario. También se da la ilusión de los jóvenes, de los niños: los estudios, los amigos, estrenar nuevo curso, las cosas que están por venir... Y Dios siempre está sembrando en nosotros su amor misericordioso, constantemente nos está enviando a servir a los más necesitados, recentrados en el amor y no en nuestras pequeñas miserias. Él espera mucho de cada uno de nosotros, de los talentos que nos ha confiado, y nos ayudará con su gracia para hacerlos fructificar. Él vela nuestros caminos y nos espera, como el Padre del hijo pródigo y del hijo mayor, para llenarnos de sus dones, para rehacernos y para que no dudemos nunca de que todo lo que es suyo, es también nuestro, y que Él siempre está con nosotros.

Más allá, sin embargo, de los estados de ánimo os invito a tener una mirada profunda, reflexiva, sobre el tiempo y la vida. Y en torno a estos pensamientos giran una serie de interrogantes sobre cómo vivo y gasto la vida: ¿qué hago? ¿qué merece la pena de mi vivir? ¿cómo amo? ¿cómo acojo la misericordia del Padre celestial en este jubileo y cómo la procuro ejercer hacia los que tengo cerca, con obras y de verdad?

Los creyentes, ante el tiempo y el nuevo curso que hemos iniciado, también nos podemos hacer una pregunta muy personal: ¿qué espera Dios de mí? Para responder, no estamos a oscuras. Tenemos a Cristo que, como en el camino de Emaús, nos acompaña y nos habla al corazón. Nos habla a través de las Escrituras, cuando partimos el Pan eucarístico y a través de la vida, de los hermanos, de los pobres, de los acontecimientos... Si el tiempo está lleno de la presencia de Dios, el tiempo se convierte en un verdadero don de Dios que hay que saber acoger, aprovechar, disfrutar, agradecer... Es bella la oración de los discípulos: "Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída" (Lc 24,29). Como en las antiguas témporas de acción de gracias y de petición, en recuerdo de cuando la siembra de los campos marcaba la vida de todos, y especialmente en nuestro mundo rural, la Iglesia nos anima nuevamente a hacer acción de gracias por los dones recibidos, a suplicar por todo lo que necesitaremos en adelante y a convertirnos por todo lo que quedó por hacer o que hicimos mal. Y el amor de Dios nos transforma.

La llegada de un nuevo curso debemos verla como un tiempo propicio que Dios nos envía para que lo aprovechamos. Un don de gracia, una oportunidad de crecimiento y de dar gloria a Dios. Conviene que sea una oportunidad nueva para crecer en el camino de la fe, para vivir comprometidamente nuestra vida: en el seno de la familia, de la comunidad cristiana, de la vida del pueblo y ciudad. Cada uno sabiendo que está llamado a acoger y hacer fructificar los "talentos" que Dios le ha puesto en las manos. Y "viviendo siempre alegres en el Señor" (Fil 4,4) con la Eucaristía como alimento para el camino de la vida, hasta el encuentro definitivo con el Señor. "Canta y camina" recomendaba San Agustín, y son dos actitudes fundamentales: la alegría y la perseverancia en el camino de la vida.