Misericordia para los privados de libertad

En el Año de la misericordia dirigimos hoy nuestra atención al colectivo de personas privadas de libertad, y a todos los que están relacionados con las prisiones. El Año de la misericordia nos urge, recogiendo el mandato del mismo Señor: "Estaba en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25,36). Y destacamos hoy la Pastoral Penitenciaria de la Diócesis.

¡Existe mucha angustia y sufrimiento tras los muros de una prisión! Detrás de cada persona hay una historia única, singular e irrepetible, muchas veces construida por los fracasos, cuya responsabilidad no reside solamente en los privados de libertad. No juzgamos ni condenamos. Probamos de comprender y escuchar. Quizás así se dara la reacción de lo mejor de cada uno de ellos, y actuará la fuerza sanadora de la misericordia divina, capaz de corregir los errores más grandes.

Los familiares de los presos necesitan ser muy fuertes, y no deberían sentirse abandonados a la hora de la desventura. Quizás se nos pide a las comunidades cristianas una cierta complicidad y ternura por aquellos que no cuentan con nada más que con su gran soledad.

Las prisiones son abstractas pero los presos son muy concretos. En Andorra hay 48 en La Comella, y unos 9.000 en toda Cataluña, y unos 50.000 en España. Y por eso consideramos también a los funcionarios que trabajan en las cárceles, que a menudo quedan olvidados. También a la sociedad actual le convendría escucharlos más en sus problemas y dificultades, para que no abdiquen de su necesaria función de enderezar sendas tortuosas para que se pueda abrir paso sin tropiezos el esperanzado resurgir de una vida nueva para muchos. La justicia y las cárceles no pueden abdicar de ser restaurativas, contra todo pronóstico pesimista.

¿Por qué no escuchamos más tanto dolor inútil, tanto sufrimiento absurdo de las víctimas de todos los delitos? Sin manipularlas ni utilizarlas. Que encuentren fuerza y consuelo, que seguro que lo esperan. Debemos ser capaces de apoyarlas incondicionalmente, de reparar sus quebrantos, de lavar sus heridas y facilitar, finalmente, que la indulgencia desbanque la revancha. ¡Hay que intentarlo siempre y hacer posible el perdón y la reconciliación!

También nuestro interés debe detenerse en el sistema penal que existe. En vez de la venganza, del mero endurecimiento de penas, de la punición, busquemos inventar nuevas medidas para que la prevención social, el tratamiento, la reinserción, los derechos humanos y la reconciliación sean el norte y guía del propio sistema penitenciario.

Ante tantas y nuevas clases de esclavitud, la Iglesia trabaja en la Pastoral Penitenciaria con muchos otros que dan su tiempo, interés y paciencia desde "Justicia y Paz", y desde diversas ONGs, como voluntarios al servicio de la rehabilitación y la dignidad de quienes han tenido que pasar por la durísima prueba de la pérdida de libertad. Valoramos y sostengamos su esfuerzo para que puedan cooperar en un auténtico trabajo social y una audaz pastoral de justicia y libertad, que busque prevenir el delito, superar la cárcel, reintegrar al preso y facilitar la reconciliación y la paz social.