Santa Emilia de Rodat: Hacer de la misericordia la misión de la propia vida

Dentro del Año de la misericordia, acabamos de peregrinar a Villefranche de Rouergue (Aveyron, en Occitania) un buen número de fieles, algunos comprometidos como "laicos de la Sda. Familia", yendo al sepulcro de una santa de la misericordia, que ha dejado su huella en nuestra Diócesis, especialmente en el Valle de Arán. Se trata de Sta. Emilia de Rodat (Druelle 1787 - Villefranche de Rouergue 1852) fundadora de las Religiosas de la Sda. Familia de Villefranche, congregación que celebra sus 200 años, y que desde 1903 está establecida en el Valle de Arán. Actualmente las religiosas colaboran pastoralmente en Vielha, pero antes habían tenido una escuela en Les y Bossòst.

Santa Emilia nació pocos años antes de la Revolución francesa y bien joven intentó ser religiosa. Al no conseguirlo, fue a Villefranche de Rouergue con su abuela, y al descubrir a un grupo de religiosas solas, sin amparo, debido a las consecuencias de la Revolución, las acogió y cuidó en su casa. Después le llegó el dolor de las madres por que sus hijas pobres no recibían educación, y acogió a cuarenta en su casa, comenzando una tarea educativa que no ha cesado. Después fueron los enfermos que visitaba en sus casas, los mineros sin trabajo, con duras condiciones de trabajo, y posteriormente los niños de la calle, los huérfanos, y las mujeres de la vida, con los encarcelados... Vivía con los ojos abiertos, llenos de la luz del amor, y ninguna necesidad la dejaba indiferente. Con la oración y la entrega a la voluntad de Dios, buscaba la manera concreta y real de dar respuesta a las necesidades que le llegaban. No hacía lo que ella quería, sino lo que Dios le iba presentando, con confianza, sin muchos medios, con pobreza y espíritu generoso. Todo estaba conducido por la misericordia, orando mucho y amando mucho. En 1816 con tres compañeras más y acompañadas espiritualmente por D. Antoine Marty -más adelante vicario general de Rodez, su diócesis- fundó la inicial Congregación religiosa. Ahora están presentes en cuatro continentes de todo el mundo; dos siglos haciendo el bien...

Es bueno recordar que fue probada con una larga "noche oscura" de fe, que nadie notaba, y que sufrió durante 32 años, sin serle impedimento para continuar sirviendo y haciendo el bien, sin caer en racionalismos o sentimentalismos vaporosos, sino siempre fiel a la fe y a la confianza en Dios, aunque no sintiera nada. Por eso nos anima a nosotros a "perseverar" en los compromisos cristianos y en la fidelidad al Evangelio, a pesar de los silencios de Dios, las pruebas o los momentos difíciles que podamos pasar. Es muy profunda una sentencia suya: «L'amour ne dit jamais, c'est assez...» (El amor no dice nunca, es demasiado, ya tengo bastante...). ¡No nos cansemos de amar, de buscar salidas a los problemas, sin que nos aplasten; no dejemos nunca de confiar en la misericordia! Sigamos la ley del amor: la acogida, la escucha y el servicio. Como acaba de decir el Papa Francisco: "La Iglesia es la casa del consuelo".

En el Año jubilar de la misericordia, nos conviene entrar en la vida de aquellos santos y beatos que, como Santa Emilia, vivieron en la profundidad de la misericordia de Dios, y de la misericordia para con los hermanos; que "hicieron de la misericordia su misión de vida" (Misericordiae vultus n. 24).