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Tiempo para profundizar en nuestro amor familiar (y 2)

Continuamos las reflexiones que sugieren los capítulos 4º y 5º de la Exhortación del Papa Francisco, La alegría del amor, que son aquellos en los que los esposos pueden encontrarse más implicados. El capítulo 5º, "Amor que se vuelve fecundo" (nn. 165-198), tras una breve introducción en la que se señala que "el amor conyugal no se agota dentro de la pareja», sino que «siempre da vida», incluye tres apartados: 1. Acoger una nueva vida; 2. Fecundidad ampliada; y 3. La vida en la familia grande. Pueden ayudarnos a revisar y a mejorar.
  1. Acoger una nueva vida: La familia es «el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida, que llega como regalo de Dios». Acogida que luego prosigue con la custodia de los hijos y que tiene como destino final el gozo de la vida eterna. Y consta de dos apartados: El amor en la espera propia del embarazo, y el amor de madre y de padre.
  2. Fecundidad ampliada: Dedicada a las parejas que no pueden tener hijos. El Papa afirma que «el matrimonio sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad» y recuerda que «la adopción es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa", ya que «es el acto de amor de regalar una familia a quien no la tiene». Sin embargo «la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor», ya que la familia no debe encerrarse en sí misma, sino salir en busca solidaria, sin olvidar sus deberes sociales; y cuando los realiza, la unidad de la familia crece y «se llena de nueva luz». Además «con el testimonio, y también con la palabra, las familias hablan de Jesús a otros, transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, y muestran la belleza del Evangelio y del estilo de vida que éste nos propone». De esta manera, «su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad». Aprovecha para recordar que no se puede participar sacramentalmente del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía y olvidar el compromiso social que esto implica, ya que hay que abrir las puertas de la propia familia a una mayor comunión con quienes la sociedad descarta.
  3. La vida en la familia grande: Es una llamada para que el pequeño núcleo familiar supere el actual individualismo y no se aísle de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. Tiene cuatro apartados: Ser hijos; los ancianos; ser hermanos; y tener un corazón grande.
Todos somos hijos y esta identidad es para siempre, incluso en la ancianidad, y esto nos recuerda que la vida es un don que hemos recibido, «el primer regalo que nos ha sido dado». Honrar padre y madre es el mandamiento que «contiene algo sagrado, en la raíz de cualquier otro tipo de respeto entre los hombres».
Los ancianos: Dios «espera que escuchemos el grito de la gente mayor. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de estima, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano que forma parte viva de su comunidad.
Ser hermanos: «es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo», y a partir de ella «se irradia como una promesa sobre toda la sociedad». «Tener un hermano, una hermana que te quiere, es una experiencia fuerte, impagable, insustituible», dice el Papa Francisco.
Un corazón grande: Estimula a abrir las relaciones no sólo hacia el núcleo familiar, sino a toda la parentela, y también a los amigos, e incluir a los que se encuentran en situación de exclusión social o incluso a los de conductas más desastrosas.