“Jamás desesperar de la misericordia de Dios”

Llega el final de curso pastoral, y bastantes actividades que pautan las semanas y el curso de nuestras parroquias y de la Diócesis ahora finalizan y comienzan otras nuevas, vinculadas al tiempo de vacaciones (formación, turismo, campamentos y colonias, tiempo de reflexión, retorno al pueblo de los orígenes, donde muchos tienen sus raíces...). Miremos este final de curso también "con misericordia", en este Año jubilar. Y podemos hacernos nuestro el lema de la Regla de San Benito, central en la espiritualidad monástica: "Jamás desesperar de la misericordia de Dios" (RB 4,76).

No desesperemos de la misericordia de Dios primero con nosotros mismos. Debemos ser misericordiosos, asemejándose a Dios, y mirar con amor lo que hemos servido y trabajado este último año en la parroquia, sin acritud, con afecto entrañable. Mirar cómo nos mira Dios. Él es fiel y continúa fiel, por más que nosotros no le hubiéramos sido suficientemente fieles, ya que Él es "compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en bondad". Esta misericordia nos llevará a la confianza y al abandono en manos de Dios. ¿Sabemos mirarnos como Dios nos mira?

No desesperemos de la misericordia de Dios, porque accedemos a la verdadera conversión. La vida que no se revisa, pasa de largo. Pero revisada nos es maestra de mejora y de conversión. Hacemos examen de este curso vivido, viendo lo que Dios quiere que evitamos, porque no hace avanzar el Reino de Dios o incluso le es un impedimento, al tiempo para ver en que podemos y debemos mejorar. ¿Hemos practicado las obras de misericordia en el ejercicio de nuestro servicio pastoral? Ha habido fallas u omisiones de peso?

No desesperemos de la misericordia de Dios, para mirar a los demás con afecto, ayudándoles a crecer... para mirar nuestras propias familias, la comunidad parroquial, y nuestra Iglesia diocesana con ojos misericordiosos, como los de la Virgen María. Así podremos captar mejor el dinamismo del Espíritu Santo entre nosotros. La Iglesia es llevada por el Espíritu Santo que consuela y fortalece, que da la santidad y la imitación de Jesucristo, que reparte los dones y las vocaciones. Lo tenemos que creer, y debemos unirnos a este dinamismo que nos supera, con espíritu de fe y de confiada esperanza.

No desesperemos de la misericordia de Dios, para empezar a programar los compromisos del nuevo curso. De la mirada de fe sobre el pasado y el presente, debe salir un compromiso de acción renovada para el futuro, para el nuevo curso, para nuestra vida y nuestras familias, que incluya todo lo que tenemos que mejorar, y una gran disponibilidad a lo que Dios irá queriendo de cada uno de nosotros, de las comunidades, y de todos como Diócesis.

Debemos ser templos de misericordia. Ahora que el odio y la violencia continúan destruyendo la comunidad humana, y crecen el miedo y la desconfianza de los unos hacia los otros; cuando tantos huyen para encontrar un lugar donde habitar, un sentido para la propia vida, y cuando tanta soledad y tantas heridas bloquean a las personas... ¿qué puede haber de más urgente que construir comunidades que sean verdaderos templos de la misericordia de Dios? Comunidades cristianas donde la miseria humana y la misericordia divina se puedan encontrar, acoger y fecundar.