El Adviento del Año de la Fe (8)

Iniciamos hoy el Adviento, el tiempo de la esperanza, que nos conducirá a reavivar el deseo de vivir una Navidad más llena de fe y de alegría. Y la esperanza auténtica nace de la fe. ¿Qué esperaríamos, sin fe? ¿Cómo mantendríamos atenta la espera del Mesías, sin creer que Él es el Salvador que esperábamos, que necesitábamos? Es porque creemos que en Jesús, Dios ha pronunciado un sí definitivo y esperanzado a la humanidad, a los pecadores, y que nunca lo retirará, que nosotros tenemos una esperanza firme e incansable. Él sí que es fiel: "El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad" (Sal 145,8). Todo pasará, tantas cosas que parecen importantes y que nos hacen correr tanto, de hecho son efímeras y a veces vacías de sentido, pero las palabras de Cristo no pasarán, ya que Él es la Palabra definitiva del Padre, la que existía desde el principio y que "se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). Sabemos por experiencia que los que lo acogen, tienen vida eterna, tienen luz y vida, tienen una alegría que nadie nos podrá jamás robar. Por eso le esperamos, le necesitamos, le deseamos. "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6,68-69). Todo esto nos estimulamos a vivirlo nuevamente en el Adviento y la Navidad, muy especialmente a recrearlo como "sabiduría creyente" en este Año de la fe, y a saberlo comunicar con lenguaje renovado a los que nos rodean.

Es cierto que para amplios sectores de la sociedad, Jesús no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que pasa desapercibida, ante la que no se debería hacer ni siquiera el esfuerzo comentarla. Hay que educar a entender el deseo profundo del corazón humano; mostrarlo, y hacer camino con las personas porque las insatisfacciones de los grandes deseos de bien, de paz, de alegría... encuentren su verdadera fuente, que sólo es Dios. De una manera significativa, el Catecismo de la Iglesia Católica se abre con la declaración de que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, ya que el hombre ha sido creado por Dios y para Dios. Dios no cesa de atraer al hombre hacia Él, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesan» (n. 27). El hombre es el buscador del Absoluto, un buscador con pasos pequeños e inciertos... un «mendigo de Dios», dice Benedicto XVI.

El Adviento tiene que ser un tiempo para reavivar el don de la fe que llevamos desde el bautismo y que nos ha sido regalado por el Espíritu Santo. Tengamos fe en este don y recomencemos el camino, renovémonos, restauremos lo que quizás estaba enfermo o debilitado... Sigamos adelante con fe, para cambiar el mundo, las cosas que no nos gustan de nosotros y de los demás, a acoger la Palabra de Vida que es Cristo, a semejanza de la Virgen María. Ella es la Madre del Adviento, ya que la acogió en su seno con fe, llena de bondad, toda pura y abierta. Santa María del Adviento, cómo necesitamos invocarla para que nos ayude a creer más y mejor, a tener ganas de cambiar, de mejorar, de ser más puros... ¡Cuánta luz que brota de la Inmaculada para quienes queremos vivir a fondo el Año de la fe!. Y qué musicales y transparentes los versos de Joan Maragall en "La Noche de la Purísima": "Parece que se vea el Infinito en toda su grandeza, en toda su dulzura; el Infinito sin velos, más allá de la luna y las estrellas... Esta noche es una noche divina. La Purísima, del cielo va bajando por este azul que ella ilumina, dejando más resplandores en cada estrella. En la noche de diciembre ella desciende, y el aire se atempera, y el mundo calla...".