Año de la fe: sabemos de quién nos hemos fiado (7)

Vivimos una época de profundas transformaciones sociales, que zarandean nuestros fundamentos y nos exigen pensar, a fondo, por qué creemos lo que creemos, qué razonabilidad tiene la fe cristiana, como nutrir y enriquecer la vida espiritual. "Sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día", decía San Pablo (2Tm 1,12) y tenemos que poder afirmarlo cada uno de nosotros. Hay que prepararse a fondo para afrontar los grandes cambios y confiar en que en esta tarea no estamos solos. Formamos un gran pueblo, la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, estamos en el mundo para amar plenamente y nada debe hacernos cambiar de rumbo. De ahí la importancia que profundicemos en este Año de la fe, la alegría de ser cristianos.

Las innovaciones tecnológicas en el campo de la comunicación han alterado significativamente nuestros modos de trabajar, de consumir, de relacionarnos, de comunicarnos. Trabajamos en red, vivimos en red. El creciente proceso de globalización nos lleva a un mundo nuevo, lleno de luces y sombras, de ambigüedades que suscitan muchas perplejidades. Nuestra sociedad crece en pluralidad y entramos en contacto con personas que tienen convicciones religiosas muy profundas, vividas con autenticidad, pero distintas de las que nosotros, como cristianos, profesamos. Y también se nos acercan las existencias concretas de muchos que viven como si Dios no existiera, sin referentes serios que los orienten en el desierto de la vida. Este encuentro es, por un lado, una ocasión para interrogarnos a fondo sobre las propias creencias, pero también para tratar de establecer vínculos, lazos con lo genuinamente humano y divino que hay en el corazón de las personas y en sus sufrimientos y esperanzas.

Con humildad y firmeza, estamos llamados a vivir conforme a la Ley del Amor más grande, que Cristo nos enseñó, y a manifestar nuestra fe en Él, a anunciar explícitamente su Evangelio. Contra los pronósticos que habían hecho muchos sabios del pasado, si tenemos una mirada amplia de todo el mundo, la fe cristiana está viva y el mundo espiritual renace. Las formas de vida se han transformado, también las maneras de expresar y de vivir la fe han cambiado, pero la búsqueda de una vida feliz y de una respuesta a las preguntas y preocupaciones de la vida humana subsiste. Somos seres necesitados de un sentido último. No nos basta ir viviendo la vida, o de estar en este mundo, o de resolver simplemente las necesidades básicas. Anhelamos, como dice Viktor Frankl, una vida con sentido. Y la fe nos da este sentido y esta alegría interior de saber por qué vivimos y en quién hemos confiado.

La fe cristiana no es un código moral, ni un sistema de normas e imperativos. Es una opción fundamental, libre, por Cristo, un don que Dios ha derramado en el corazón, una propuesta de vida feliz y armónica, el principio de la vida eterna en nosotros, como dice Santo Tomás de Aquino. No poseemos del todo la verdad, porque la verdad siempre trasciende los límites de la razón, pero creemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida, y lo acogemos como tal en nuestro ser y queremos que nuestros conciudadanos gocen también de esta verdad. Jesucristo no es una idea abstracta, ni una teoría vaga, sino el bálsamo de todos nuestros males, el que viene a liberarnos. ¡Debemos estar felices de nuestra fe en Él! ¡Sabemos de quién nos hemos fiado!