Año de la fe: el Mensaje del Sínodo al Pueblo de Dios (6)

La temática y la belleza del Mensaje que el Sínodo ha enviado al Pueblo de Dios al clausurar sus trabajos, tendremos que retomarlas durante este Año de la Fe, para ser fieles a la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. "Si algún resumen significativo se puede hacer del Sínodo está precisamente en el precioso símbolo-síntesis que introduce el Mensaje a todo el Pueblo de Dios basado en la narración de la Samaritana y de su encuentro con Jesús" (Salvador Pié-Ninot).

El hombre de hoy se encuentra al lado de un pozo con una jarra vacía, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que puede dar significado pleno a la existencia. Es urgente orientar bien la investigación. Como Jesús en el pozo de Sicar (Jn 4), también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de manera que lo puedan encontrar, porque sólo Él es el agua que da la vida verdadera y eterna. Quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para los demás. De la acogida del testigo, la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: "Ya no creemos por lo que tú has dicho, nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es realmente el Salvador del mundo".

La nueva evangelización consiste, pues, en conducir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, y esto es una urgencia que aparece en todas las regiones del mundo. Los cambios sociales y culturales nos llaman a algo nuevo: a vivir de una manera renovada nuestra experiencia comunitaria de fe y de anuncio. Una evangelización dirigida, principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado de la Iglesia y viven sin ninguna referencia a la vida cristiana, y para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia, para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que conlleva alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social.

Los apartados del Mensaje al Pueblo de Dios son especialmente clarificadores: El encuentro personal con Jesucristo en la Iglesia, las ocasiones del encuentro con Jesús y la escucha de la Escritura; tener atención a que primero hay que evangelizarse uno mismo y disponernos a la conversión; reconocer en el mundo de hoy nuevas oportunidades de evangelización, la familia, la Vida Consagrada, la comunidad eclesial y los diversos agentes de la evangelización; que los jóvenes puedan encontrarse con Cristo; el Evangelio en diálogo con la cultura, la experiencia humana y las religiones; el año de la fe, la memoria del Concilio Vaticano II y la referencia al Catecismo de la Iglesia Católica; contemplando el misterio y cercanos a los pobres; una palabra a las Iglesias de las diversas regiones del mundo; y finalmente, la estrella de María que ilumina el desierto.

El Sínodo ha remarcado que el primer símbolo de autenticidad evangelizadora es el don y la experiencia de la contemplación. Sólo desde una mirada adorante del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, desde la profundidad de un silencio que se sitúa como espacio que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollar un testimonio creíble para el mundo. Y el otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al margen del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino sobre todo un hecho espiritual.