Manifestar lo que somos y creemos

Uno de los momentos más emotivos de los últimos Juegos Olímpicos de Londres 2012 ocurrió cuando la atleta etíope Meseret Defar, al cruzar la meta en la final femenina de los 5.000 metros y conseguir la medalla de oro, sacó de su pecho una imagen de la Virgen con el niño Jesús, la mostró a las cámaras y se la puso en la cara, besándola, en un momento de intensa oración con lágrimas de agradecimiento.

Esta atleta de 29 años, Defar, es cristiana ortodoxa, y había encomendado su carrera a Dios, al inicio, con la señal de la cruz. Completó la distancia en 15:04:25, venciendo a las atletas que habían llegado como favoritas de la prueba. Todo el mundo lo pudo ver, y realmente fue un gesto sincero, natural, apasionado. Nada de quedar bien, sino autenticidad y alegría después del esfuerzo premiado, que el creyente siempre atribuirá a la gracia de Dios, que por la Virgen María, nos ayuda y sostiene en el esfuerzo.

Expresar la fe sin miedos ni complejos; decir quiénes somos con naturalidad, no esconderse y manifestar, con humildad y discreción, qué es lo que nos mueve y nos da fuerzas... reside aquí un elemento importante del testimonio. Entre todos podemos cambiar el clima de frialdad religiosa que se va instalando en las sociedades secularizadas, y lo que aún sería peor, que la secularización fuera penetrando en el corazón de los mismos creyentes. La sociedad margina y oculta los signos de la religiosidad, y a veces incluso combate antidemocráticamente toda manifestación de fe. Y quizá los mismos creyentes dudan y se esconden de las convicciones que los sostienen. Todos pierden, porque la sociedad se empobrece y la fe no se hace visible, y por tanto resulta difícil de encontrar para los que aún no la conocen.
Podemos tomar ejemplo de la valentía de esta atleta ortodoxa africana. La fe no es para encerrarla en la intimidad, por más que tenga que vivirse con intimidad. La fe no la podemos esconder, porque no seríamos justos hacia aquellos que la necesitan, y esperan que alguien les hable de Dios y los invite a cruzar "la puerta de la fe", adhiriéndose a Cristo, conociendo las palabras de Jesús que nos transmiten los Evangelios, y sabiendo que tenemos una familia de la que estamos llamados a formar parte, la Iglesia, católica, es decir, universal, porque quiere resguardar a todos, como una red que recoge de todo (cf. Mt 13.47).

Planteémonos qué pequeñas o grandes valentías necesitamos para testimoniar de forma más clara nuestra fe; qué gestos pueden manifestar lo que realmente creemos y somos, qué miedos y vergüenzas debemos superar para vivir con mayor naturalidad las propias convicciones... Sin afectación ni prepotencia, sin lucimientos o fariseísmos, pero con el anhelo de testimoniar la propia fe en la plaza pública y aportar nuestro estilo cristiano de vivir. Con naturalidad dar a conocer las propias convicciones y con aprecio profundo acoger las convicciones de los demás. Esto es auténtico respeto. Jesús nos lo dice: "Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,14-16).