Hace 75 años acogimos a un santo

Durante el Año de la fe que nos apresuramos a celebrar, miraremos con agradecimiento la fe que tuvieron nuestros santos más cercanos y su testimonio ejemplar de confianza y de abandono en las manos de Dios. Nos conviene mucho para imitarlos. Por eso me parece bueno recordar que estamos celebrando los 75 años del paso de San Josemaría Escrivá por nuestra Diócesis y su entrada a la libertad por Sant Julià de Lòria, en el Principado de Andorra. Aquel frío otoño de 1937 hizo que penetrase en las tierras de nuestra Diócesis la huella de un santo sacerdote, fundador del Opus Dei, que proclamaba la llamada universal a la santidad y al apostolado, que iba huyendo de la despiadada persecución religiosa desatada durante la Guerra Civil española. Con un grupo de jóvenes amigos, escapaba de sus perseguidores, y por las montañas de Ponts y Pallerols de Rialb, avanzaba hacia la libertad, hasta Andorra, donde fue acogido como otros fugitivos desvalidos que llegaban al Principado, huyendo del horror de la guerra y de la persecución. Días tristes y dolorosos, horas de angustia y de discernimiento de la voluntad de Dios. Y el día 2 de diciembre de 1937 entraron por el Mas d'Alins, en Sant Julià. Lo acabamos de conmemorar en el Aplec del pasado día 30 de junio en el lugar mismo de su llegada y lo festejaremos en Andorra el próximo mes de diciembre.

Las guerras y las persecuciones siempre conllevan mucha destrucción y gravísimas heridas, unas materiales y otras morales y espirituales. Pensemos en los muertos y las destrucciones de bienes, en los desplazados y refugiados, en las familias rotas para siempre, en los huérfanos y heridos, en los odios y venganzas que se generan y perduran, y en las consecuencias de aquellos conflictos siempre más abiertas, como heridas mal cerradas. Son las víctimas inocentes del mal, que estamos obligados a mirar de frente. La guerra siempre es un gran desastre para la humanidad. Todo se pierde con la guerra.

Aquel fue un viaje doloroso hacia la libertad. Son conmovedores los testimonios de personas que pudieron escapar del horror de la guerra, con la ayuda de otras personas que los guiaron por caminos de liberación y los acogieron como buenos samaritanos. Porque en la guerra y en todos los momentos difíciles de la vida, también se manifiestan los sentimientos de compasión y de amor. Lo podemos comprobar en la acogida de Andorra a San Josemaría. Aquel viaje y la ayuda de la Virgen María en momentos dolorosos de gran prueba, así como el recibimiento de los sacerdotes y del pueblo andorrano marcó su vida. Siempre quedó muy agradecido, y guardó como un gran tesoro y todo un símbolo la rosa entregada en Rialb, que le aportó tanto consuelo espiritual, y que siempre més le acompañó.

Hace 75 años acogimos a un santo. Los andorranos mostraron con hechos -sabiéndolo o no- el valor de la gran virtud de la caridad, al ayudar a San Josemaría y a todos aquellos hombres y mujeres forzados a emprender el camino de los fugitivos. Y nos estimulan a hacerlo también hoy a nosotros, hacia todo tipo de personas necesitadas. De hecho, en el forastero se encuentra escondida la presencia del mismo Dios. "Fui forastero y me hospedasteis" dice Jesús en el Evangelio (Mt 25,35), y es Él quien proclama "bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Entre nosotros se hizo realidad el Evangelio: "El que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa" (Mc 9,41).