Abramos "atrios" de encuentro entre creyentes y no creyentes (y 2)

Continuando la reflexión sobre la propuesta del Papa Benedicto XVI de abrir "una especie de «Atrio de los gentiles» donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo" (Discurso a la Curia, Navidad 2009), os propongo tener diálogos vigorosos y razonados sobre los temas de nuestra fe con todos, y especialmente con aquellos a quienes les cuesta la fe, pero mantienen niveles buenos de búsqueda honrada de la verdad.

Deberá ser un espacio a la vez sagrado y abierto a todos, y eso es importante porque muestra que la propuesta del Santo Padre no es una simple invitación al diálogo, sino que se trata de abrir un "espacio sagrado" en la Iglesia para acoger a creyentes y no creyentes, y aprender unos de otros. Este diálogo no es sólo entre los grandes filósofos y teólogos, entre la gente de la gran cultura y los científicos o artistas importantes, sino que pasa por los "patios" más cercanos a nosotros -las familias, la escuela, los amigos, los compañeros de trabajo, etc.-, donde podamos ofrecer, con humildad, nuestro testimonio y nuestra propuesta de "sentido" a todos los que lo necesitan y que lo buscan, quizá sin saberlo. Ésta es la preocupación pastoral del Papa que tenemos que hacer también nuestra. Debemos ser conscientes de que, cuando se habla de evangelización, los no creyentes se sienten molestos porque pueden verse reducidos a meros objetos de la acción evangelizadora y no quieren tampoco renunciar a su libertad de pensamiento.

A lo largo de la historia ha habido muchas iniciativas de la Iglesia encaminadas a encontrar puntos en común con las personas que no profesan ninguna religión, o que se declaran agnósticas o ateas, desde que Pablo VI, recogiendo el espíritu del Concilio Vaticano II, instituyó el Consejo Pontificio para el Diálogo con los No Creyentes. Ahora, quizá por primera vez en mucho tiempo, se podrían dar las condiciones para construir un marco de diálogo no lastrado por ninguna ideología, y por eso hace falta que agnósticos y creyentes estemos abiertos y mostremos una buena disponibilidad para lograr vías de diálogo, ya que nos necesitamos mutuamente, y porque los cristianos no podemos contentarnos con creer, sino que debemos estar dispuestos a conocer a Dios más profundamente a través del diálogo con los demás, especialmente los críticos con la fe, y proponernos conocer mejor los contenidos de nuestra fe católica y saberlos razonar amablemente para uno que no los conoce o no cree en ellos.

A menudo hallamos confrontación entre la tradición cristiana y la sociedad contemporánea, y de ahí la dificultad de la posibilidad inmediata de un diálogo sereno y constructivo entre creyentes y no creyentes, porque nos topamos con actitudes fundamentalistas, tanto por parte de quienes se amparan en la religión para negar la realidad, como por parte de los antirreligiosos, que a veces llegan a ser tan dominantes que ni siquiera tienen conciencia de serlo. Esto se ve sobre todo en algunos temas como aborto, eutanasia o determinadas cuestiones bioéticas. La propuesta de Benedicto XVI de abrir espacios y "patios" más concretos de diálogo entre creyentes y no creyentes reclama de nosotros salir al encuentro de los hermanos que no creen, con sabiduría, amando nuestra propia identidad y sabiéndola defender y ofrecer con argumentación y sobre todo con vivencias y testimonio convencido y convincente. Y también nos reclama paciencia, espera del momento oportuno, oración, humildad y sobre todo amor al otro. Cristo nos da confianza para que demos testimonio de Él. Sólo por la fuerza del Espíritu podremos salir a su encuentro con gestos acogedores y con humilde convencimiento misionero.