"Alegraos siempre en el Señor" (Flp 4,4)

Hoy concluímos el tiempo de litúrgico de Navidad y Epifanía, el tiempo de la alegría por excelencia. Con todo, debemos mantener la alegría que brota de la fe en Cristo, la alegría que invade a todos los personajes de los Evangelios de la Infancia de Jesús que hemos contemplado en estas fiestas, tan sentidas por todos. Tal y como el Rosario va meditando en los misterios de Gozo. Es tan central la alegría en la vida de un cristiano, que necesitamos reflexionar y orar para que nos sea dada a lo largo de todo el año 2011 que iniciamos y para que nos acompañe siempre en nuestros trabajos apostólicos. Ya que es un fruto del Espíritu Santo, pidámosla como gracia, como "mendigos" que somos en la oración, tal y como bellamente indica Benedicto XVI en su libro "Luz del mundo", siempre mendicantes ante Dios.
La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero le resulta muy difícil engendrar la alegría. Y en tiempos de grandes crisis, como los actuales, siempre encontramos motivos para la incertidumbre, la tristeza o el miedo, y continuamente los habrá... Sin embargo tenemos muchas más razones para vivir en la confianza y en la alegría profundas del creyente, que sabe que Dios guía el curso de nuestras vidas y de la historia humana, y que la salva en Cristo y la dirige pacientemente hacia su cumplimiento feliz. Vamos viviendo en la alegría, "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo", tal como rezamos siempre en la Misa.
Hace 35 años el Papa Pablo VI hablando de la alegría decía: "El hombre experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la naturaleza y sobre todo la experimenta en el encuentro, la participación y la comunión con los demás. Con mayor razón conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable" (Gaudete in Domino nº 6). La alegría viene de arriba, de Dios, porque Cristo es la alegría del Padre celestial, ya que es uno, fuera del Padre, que lo ama perfectamente. Y es la alegría del Padre porque hay Alguien fuera de Él, que puede amar de forma perfecta y digna de Él. Éste es Jesucristo y también todos nosotros, que hemos sido hechos hijos de Dios por el bautismo. La fuente de la alegría cristiana será siempre la Palabra de Dios. Hemos de estar muy cercanos a ella ya que la Palabra nos hace comprender los acontecimientos en profundidad, bajo la luz de la Revelación divina. Es por la Palabra que nos damos cuenta de que Dios actúa en la historia de los hombres: "El Poderoso ha hecho obras grandes por mí", nos dice la Virgen María (Lc 1,49).
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