Visquem l’Advent i l’Any litúrgic

El libro del Apocalipsis, y con él toda la Biblia, termina diciendo: "El que da testimonio de todo esto, dice: «Sí, vengo pronto». Amén, ¡Ven, Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con todos" (Ap 22,20-21). Palabras proféticas solemnes que marcan la vida de la Iglesia, que espera la venida/retorno del Señor, año tras año, y día tras día. Son palabras que iremos repitiendo en el Adviento que hoy comenzamos, pero que van más allá del Adviento como preparación de la Navidad, ya que indican la manera cristiana de vivir, "siempre en adviento", siempre con esperanza, con el anhelo ardiente de que el Señor llegue y de que el Espíritu "a fin de santificar todas las cosas, lleve a plenitud su obra en el mundo" (cf. Plegaria eucarística IV). Intensifiquemos la oración, la lectura de la Sagrada Escritura, la conversión, la reconciliación con todos, la caridad y el servicio, la solidaridad con quienes pasan necesidades.

Este domingo, pues, iniciamos el Adviento, y con él el Año litúrgico. Debemos amar profundamente la liturgia, que a todos interesa, ya que «por medio de ella "se ejerce la obra de nuestra Redención", sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, (que) contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos. Por eso, al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu, hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor» (Sac. Conc. 2). La liturgia no sólo es la actividad propia de la Iglesia, cuya eficacia, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (cf. SC 7) sino que realmente es "la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10). De la liturgia que iremos celebrando pausadamente a lo largo del año, tenemos que vivir; y es de ella que debemos sacar las fuerzas para la fe, la oración, la evangelización, el servicio y el testimonio cristianos.

Acojamos con agradecimiento y frutos de buenas obras, la gracia del Misterio Pascual de nuestro único Mediador, Jesucristo, a lo largo de todo el año. Ayudemos a vivir mejor las celebraciones, y demos gracias por los sacerdotes que nos presiden, así como por aquellos que colaboran con lecturas, cantos, oraciones, instrumentos, etc. para que todo se haga según el deseo de la Iglesia y cada uno aporte sus dones. Cuando la Iglesia reza litúrgicamente, es presencia activa de Cristo en medio de la humanidad, y actualiza la historia de la salvación. Nos lo recordaba bellamente el Papa Juan Pablo II, beatificado el pasado mayo: "La liturgia es el corazón palpitante de toda actividad eclesial" (Vicesimus quintus annus 4).