Acompañar a los enfermos

La fiesta de la Virgen de Lourdes, tan celebrada en nuestra Diócesis y en todo el mundo, nos acerca también la celebración mundial del Día del enfermo, instituida por el Papa Juan Pablo II, que tanto nos supo enseñar sobre el amor a los enfermos, y sobre el aprendizaje de ser enfermo uno mismo. Lourdes, al otro lado de nuestro Pirineo, uno de los santuarios más queridos por todo el pueblo cristiano, es el lugar y a la vez el símbolo de la esperanza y la gracia en el sentido de aceptación y de ofrenda del sufrimiento que se convierte en salvador. Todos pueden encontrar en Lourdes un ejemplo del amor cristiano hacia los enfermos, un signo patente de su preferencia en el Reino de Dios, y del gran valor que ellos, con su sufrimiento unido a la Cruz de Cristo, representan dentro de la comunidad eclesial.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia siempre ha sentido el deber del servicio a los enfermos y a los que sufren como parte integrante de su misión, y ha tratado de llevar a cabo a lo largo de los siglos lo mismo que ha visto hacer a su Señor: "Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar" (Mc 1,32-34). En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive un momento fundamental de su misión. Y cuando el mundo no encuentra sentido ni explicación a nuestros sufrimientos, la comunidad cristiana acoge, acompaña, sostiene a los enfermos y a los familiares, estimula a los investigadores sanitarios, reclama una sanidad a medida de la dignidad humana, ama como Jesús... y no deja nunca de subrayar el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redención (cf. Redemptoris missio, 78).

Juan Pablo II en su Carta del 13 de mayo de 1992, al instituir esta Jornada mundial del enfermo, reclamaba que la celebración anual tuviera, como objetivo manifiesto, sensibilizar al pueblo de Dios y, por lo tanto, a las diversas instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos; ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento; hacer que se comprometan en la pastoral sanitaria de manera especial las diócesis, las comunidades cristianas y las familias religiosas; favorecer el compromiso cada vez más valioso del voluntariado; recordar la importancia de la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios, y, finalmente, hacer que los sacerdotes diocesanos y religiosos, ya que todos viven y trabajan junto a los que sufren, comprendan mejor la importancia de la asistencia religiosa a los enfermos. Todo un programa de acción que las delegaciones diocesanas de pastoral de la salud, como la nuestra de Urgell, se esfuerzan en realizar.

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