"Lámpara es tu palabra para mis pasos"

La reciente presentación a primeros de febrero de la Biblia en lengua castellana, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, y la publicación de la traducción catalana de la Exhortación Apostólica postsinodal, del Papa Benedicto XVI, Verbum Domini ("La Palabra del Señor" ), sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, ponen nuevamente en el primer plano de nuestra atención, el valor de la Palabra de Dios en nuestras vidas y el amor y devoción que le debemos profesar. Podemos decir, con el salmista, "Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero" (Sal 119,105).
El Concilio Vaticano II dio un gran impulso al conocimiento, la lectura y la difusión de la Sagrada Escritura, y lo hizo en un texto muy importante, la Constitución sobre la "Revelación divina" (Dei Verbum). En este documento se dice: "Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad hablando a los hombres como amigos. Esta revelación se realizó con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, y resplandece en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación" (DV 2).

Es sobre todo a través de la liturgia que todo el Pueblo de Dios tiene su contacto habitual y se enriquece con el tesoro de la Biblia. En cada Eucaristía escuchamos en lengua vernácula las Sagradas Escrituras, las meditamos, respondemos con nuestros cantos de alabanza, y esa Palabra -que es Cristo- se nos hace realmente presente, encarnada, en el sacramento eucarístico que comemos a continuación. Por eso hablamos de la doble mesa que nos prepara Dios mismo y que nos alimenta como hijos suyos: mesa de la Palabra y mesa de la Eucaristía. Probablemente es la reforma más importante del Concilio Vaticano II, la que ha facilitado la traducción en la lengua del pueblo, la promoción del amor a las Sagradas Escrituras y la ampliación del conocimiento por parte de los fieles de todos los libros revelados.

Dios nos habla a través de la Biblia, y podemos creer que su voz realmente nos llega, si hacemos silencio, si oramos, si la escuchamos con la fe de la Iglesia, si nos dejamos interpelar por esta voz. A través de unas palabras humanas, Dios sigue hablándonos, dialogando con nosotros. Y Dios nos habla a través de toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, haciéndonos conocer su proyecto sobre el ser humano y sobre el mundo. Esta unidad de toda la Escritura sagrada impide que aislemos unos pasajes de otros o que nos quedemos con verdades separadas, o que sólo busquemos las que nos dan lo que ya quisiéramos escuchar.

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