"Os odiarán a causa de mi nombre" (Lc 21,17)

En un reciente informe sobre libertad religiosa que publica la organización católica Ayuda a la Iglesia Necesitada, el Cristianismo aparece como la religión más perseguida en el mundo, con al menos 200 millones de personas perseguidas y discriminadas. Hay que saber que 3 de cada 4 perseguidos es un cristiano, y se puede hablar de "cristianofobia". Impresiona la cifra anual de sacerdotes, misioneros y laicos asesinados a causa de su fe y de su coraje para defender la verdad y la justicia. Otros son despreciados, tienen que sufrir humillaciones constantes, y no pueden vivir en paz y libertad religiosa en los países donde se encuentran en minoría o acosados por gente intolerante y fanática de otras religiones manipuladas o de ideologías que parecían caducadas. Si podéis, id a ver la espléndida película de Xavier Beauvois "De dioses y hombres" que está teniendo una gran e inesperada acogida, y que narra la historia real de 7 monjes cistercienses martirizados en Argelia que "pierden" su vida por Cristo y por aquellos que aman. Siguen a Jesús que decía "quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8,35).

El Papa Juan Pablo II organizó en el Coliseo, el 7 de mayo del 2000, un acto de homenaje con ocho "estaciones" que recordaban a los principales grupos de mártires cristianos de nuestro tiempo: las víctimas del totalitarismo soviético, del comunismo, del nazismo, del ultrafundamentalismo islámico, de los nacionalismos religiosos violentos en Asia, del odio tribal y antimisionero, del laicismo agresivo y del crimen organizado. La persecución no es algo nuevo en la historia de la Iglesia y probablemente seguirá sucediendo -"si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15,20)-, pero conocer el ejemplo de vida de los que han sabido superar estas situaciones tan adversas, llegando incluso a dar la vida por mantenerse firmes en su fe, perdonando a sus verdugos, nos puede y debe llenar de fortaleza y de amor.

Al mismo tiempo, tiene que movernos a procurar defender siempre la libertad religiosa de todos, actuando con coraje para denunciar las injusticias que se cometen a nuestro alrededor. Porque también conviene darnos cuenta de que -aunque parezca una paradoja- hay dificultades para ser y manifestarse cristianos en nuestro mismo entorno, por ejemplo en la universidad o en según qué círculos sociales o políticos. Es como una presión social adversa, un descrédito y una intolerancia, totalmente injustos. Y no acabamos de reaccionar. Varios países de la Unión Europea recientemente se han opuesto a que se hablara de mártires cristianos y han decidido aprobar una moción crítica con la persecución, pero muy edulcorada y contemporizadora. Es necesario que Europa reaccione, que haga un examen de conciencia colectivo, para ver cómo se tutelan las minorías religiosas en todo el mundo.

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