Preparémonos con María para la gracia de la Navidad

En el camino de preparación a la alegría del misterio de Navidad, la gracia de la llegada de un Dios que se hace hombre para redimir a toda la humanidad caída, estos días nos traen la vivencia de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. "Como han observado los especialistas en liturgia, -decía Pablo VI- el Adviento debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto de la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes" (Marialis cultus de 1974, n. 4).

El tiempo mariano por excelencia debe ser el Adviento. Y es durante este tiempo que recordamos con mayor frecuencia a la Virgen, su gran fe, su indefectible esperanza y su inmensa caridad, que son luz en la oscuridad. Ella atraviesa y da sentido a todo este tiempo de esperanza y de preparación a la Navidad: en la solemnidad del día 8, celebraremos conjuntamente la Inmaculada Concepción, la preparación radical a la venida del Salvador y la feliz proclamación de la Iglesia sin mancha ni arruga. Y también la sentiremos muy cercana en los días feriales del 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el domingo anterior a la Navidad, este año el día 18, en el que resonarán antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y leeremos episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y de Juan Bautista, su Precursor.

Leemos en el nuevo Catecismo Youcat que "la Iglesia cree que «la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano»" (Youcat n. 83). Y en el caso del pecado original, dice Benedicto XVI, que hay que entender que "todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar reflejado en las imágenes del libro del Génesis. El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado... El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte" (Youcat n. 68). Con todo, Dios no se limita a contemplar cómo el hombre se destruye a sí mismo y al mundo, y nos envía Jesucristo. ¡Es la feliz culpa que mereció un Salvador tan grande! (Liturgia de Pascua).

Si consideramos el inefable amor con que la Virgen María esperó a su Hijo, nos sentiremos animados a tomarla como modelo, abandonar el pecado y todo lo que nos contamina, y estar a punto para que el Señor nos encuentre "velando en oración y cantando su alabanza", como dice el prefacio II de Adviento, y así podamos salir a su encuentro. La Liturgia de Adviento une la espera mesiánica y la espera del retorno glorioso de Cristo, con el admirable recuerdo de la Madre, que vela, que espera, que ama al Hijo que el Espíritu Santo ha hecho nacer en sus entrañas purísimas. Y es así como nos ayuda a esperarlo en sus misteriosas venidas: la oración, los sacramentos, la Palabra, el hermano, los pobres que nos necesitan ... Siempre humilde y a veces escondido, el Señor llega con poder, y María nos enseña y ayuda a descubrirlo, a reverenciarlo y a amarlo con un corazón puro. ¡Que Ella guíe nuestros pasos para acoger con fruto el perdón y la paz de la Navidad!