"De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero..."

Durante este mes de noviembre todas las Diócesis de Cataluña estamos haciendo un intenso y renovado esfuerzo de orar en comunión por las vocaciones. Como en "una cadena de oración", todas las parroquias, comunidades, monasterios y cada uno individualmente, nos unimos en un solo y mismo clamor por acoger y llevar a cabo lo que Jesús nos manda en el Evangelio, "rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies" (Mt 9,38). ¡Los necesitamos tanto! ¡Nos sentimos tan débiles con la penuria de vocaciones al ministerio pastoral y a la vida consagrada... así como a la vida apostólica y a la vida matrimonial fiel para siempre!
La Jornada Mundial de la Juventud de este verano en Madrid nos ha reavivado la esperanza en una nueva primavera vocacional, ya que nos ha dado a conocer a muchísimos jóvenes apostólicos, venidos de todo el mundo y de nuestras tierras, que siendo normales como sus compañeros de generación, tienen ganas de vivir su fe en Jesucristo también con normalidad, amando a la Iglesia, testimoniando claramente que son cristianos y apostando por una vida evangélica, sin mediocridad, ni dejándose arrastrar por el estilo superficial y sin compromiso que el mundo les propone. Son jóvenes diferentes, que esperan mucho de las comunidades cristianas, y tenemos que saberlos acoger y ayudar en su camino de discernimiento. En la JMJ hemos comprobado que algo está cambiando en la juventud, y que el Espíritu Santo no está inactivo, sino que sigue suscitando vocaciones en la Iglesia, chicos y chicas jóvenes, enamorados del Señor, que se plantean la gran pregunta vocacional: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?" (Mc 8,36). Cuenta San Francisco Javier que esta palabra del Evangelio es la que San Ignacio, compañero suyo de colegio universitario en París, le clavó en el alma, y que ya no le dejó tranquilo en su vida normal de estudiante, hasta darse del todo a Jesucristo. Es necesario que hoy, nuevos profetas y nuevos maestros, nuevas familias que se amen, la repitan a los jóvenes, y lleguen a su corazón, allí donde un joven decide ser radical, bueno de verdad, honrado y sincero buscador de la Verdad... Allí donde se toman las decisiones arriesgadas y valientes: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?". ¡Escuchemos la voz de Dios! ¡Dejemos que esta palabra de vida penetre también en todos nosotros! Porque es cierto que las vocaciones nacerán en unas familias y en unas comunidades donde se vivan las virtudes del Evangelio y donde se cultive la verdad y el amor de forma generosa y alegre. Comunidades donde se valore la donación y el amor al prójimo, y donde siempre se esté abierto a la voluntad de Dios y al servicio de los necesitados.
El Santo Padre Benedicto XVI siempre invita a proponer las vocaciones sacerdotales y religiosas en la Iglesia local, ayudando a darse cuenta también de la importancia de promover y sostener a los que muestren claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir su sí a Dios y a la Iglesia. Es cierto que todo sacerdote, todo consagrado, fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la llamada universal a la santidad. Para hacer más vigoroso e incisivo el anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya hemos dicho nuestro "sí" a Dios y al proyecto de vida que Él tiene para cada uno. El testimonio personal, hecho de elecciones existenciales y concretas, animará a los jóvenes a tomar decisiones comprometidas que determinen su futuro. ¡Roguemos especialmente en este mes para que los jóvenes respondan con generosidad y prontitud!