El carisma de Ana María Janer

Ya está cerca la beatificación de la Madre Ana Mª. Janer Anglarill (1800-1885), que llena de gozo la familia "janeriana" seguidora de sus huellas, así como a nuestra Diócesis de Urgell, que la tiene como hija muy ilustre, y a la Iglesia entera. El próximo sábado, el delegado del Santo Padre reconocerá la santidad y ejemplaridad de la vida de esta religiosa fundadora del Instituto de la Sda. Familia de Urgell, y la propondrá como una hoja de ruta luminosa en el seguimiento de Cristo.

Durante toda su vida, su lema de discípula de Jesucristo fue: "Amarte y servirte siempre y en todo". Con estas palabras expresaba de forma bien clara que su vida estaba completamente orientada hacia Dios, y por amor a Él, hacia el servicio concreto y generoso de los hermanos necesitados, en cualquier lugar y circunstancia. Su acción y su compromiso estuvieron plenamente arraigados en el amor a Dios y florecieron con abundancia hacia los hermanos, y por eso también hoy la figura de esta religiosa catalana del siglo XIX nos interpela y anima a todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, inmersos en la era digital. Porque el amor recibido y entregado no es sólo un lenguaje que traspasa las fronteras del espacio y del tiempo, sino que sobre todo es un don que viene de Dios y que nos conduce hacia Él, y por esto es eterno.
La Madre Janer experimentó íntimamente a Dios como fuente del amor, a través de la contemplación y del seguimiento de la persona de Jesucristo. Como Él, que «no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10,45), la nueva beata escogió el camino del servicio humilde y silencioso al prójimo para dar testimonio de la proximidad amorosa de Dios. En los niños, los enfermos y los más necesitados, descubrió una presencia especial del Hijo de Dios encarnado, y se volcó en su servicio porque había entendido que, si se daba a los pobres y a los más pequeños, como hizo Jesús, Dios se daría totalmente a ella y podría experimentar plenamente la experiencia de ser hija de Dios.

Ana María Janer se sabía amada por Dios y quería amarlo. Y conocía el mandato recibido de Jesús: «Quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,21). Su consagración a Dios como esposa de Cristo se materializó visiblemente en su generosa entrega a los hermanos desde los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia. Las Constituciones de las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell describen su radicalidad evangélica con estas palabras: «Jesucristo es para Ana María Janer el ideal supremo de su vida y la razón de su donación a los demás. Su caridad, hecha servicio a los necesitados, viendo en ellos la imagen de Jesucristo, es signo auténtico de su amor a Dios, que crece y se fortalece por la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad divina» (Constituciones nº 4).
En los difíciles tiempos de las luchas entre liberales y tradicionalistas, de guerras carlistas y revoluciones en Cataluña y en toda España, se prodigó hacia todos sin distinción, fueran del bando que fueran: «Yo recojo a todos los que tienen necesidad y están heridos", decía. Y siguiendo el ejemplo de san Pablo (cf. 1Co 9,22), exhortaba a sus hijas espirituales a hacerse «todas a todos como Jesucristo nos lo enseña».

La caridad cristiana, pues, fue el centro vital de la obra de servicio impulsada por Ana María Janer. Una caridad tierna y maternal, sin aspavientos o grandilocuencias, que encuentra la manera de hacer siempre bien al prójimo, rehabilitándolo y liberándolo. ¡Que su beatificación nos ayude a todos nosotros a reavivar nuestro amor a los hermanos y a Dios!