Mil años de San Ermengol

Jesús es el Buen Pastor de los creyentes. Él nos guía, nos "conduce hacia fuentes tranquilas" (Sal 23,2), dando su vida por todos los hombres. Y en el camino de la historia, envía a su Iglesia hombres santos que, como verdaderos pastores, lo hagan presente y nos conduzcan en su nombre. Los obispos santos como Just, Ot y Ermengol, han sido imágenes vivas y santas de Cristo, y podemos confiar que continúan intercediendo por nuestra Diócesis de Urgell.

El pasado día 3 era la fiesta litúrgica del obispo San Ermengol, este año dentro de las celebraciones gozosas del milenario de su ministerio episcopal (1010-1035). Vivió a finales del primer milenio y principios del segundo, cuando la Cristiandad vivía en gran expectación debido al año mil, en momentos de reforma eclesial y de conversión, en plena formación de Cataluña y en tiempos de gran expansión del Obispado de Urgell y de eclosión del señorío de Andorra. Fue un obispo santo, que nosotros veneramos como patrón de nuestra Diócesis junto a la Virgen de Núria, la Patrona principal. A ellos les encomendamos nuestra vida cristiana.

La santidad del obispo Ermengol se hizo patente en su piedad y amor a los pobres, su insistencia en un culto a Dios espléndido, su amor a la Eucaristía -como pone de manifiesto su interés tras el milagro eucarístico de la Santa Duda de Ivorra-, así como la reforma de vida de los sacerdotes, con la institución de la Canónica, con la oración y vida en común de sus clérigos. Por su gran amor por el culto divino, construyó iglesias, entre ellas la Catedral del siglo XI, anterior a la actual del siglo XII, que tuvieron que reconstruir San Ot (Odón) y sus sucesores. Del conjunto catedralicio de Ermengol nos queda la iglesia de San Miguel, que da al imponente claustro. Y, unido a su contemporáneo el gran abad Oliba, trabajó por la "paz y tregua de Dios", un movimiento social impulsado en el siglo XI como respuesta de la Iglesia y de los campesinos a los abusos perpetrados por los nobles. Veló también por mantener la fe viva sin los peligros que significaban las herejías y la proximidad de los musulmanes en la frontera del sur del condado de Urgell, y él mismo participó en la reconquista de la ciudad de Guissona. Su vida fue coronada por la caridad ya que debido a su solicitud social en la mejora de las condiciones de la gente de su Diócesis, construyendo puentes y caminos para los hombres y el ganado, trabajó mucho para mejorar las condiciones de vida de sus fieles. Tanto es así, que murió en acto de servicio, mientras supervisaba las obras del puente sobre el río Segre, en Pont de Bar, cerca de La Seu d'Urgell. Fue un verdadero "pontífice", que ayudaba a construir puentes materiales para las gentes de su tiempo, mientras actuaba también para sus fieles como un verdadero "puente" hacia el Padre del cielo. Entregó su vida al precipitarse entre las piedras, para mostrarnos con su "martirio", la verdadera piedra y fundamento de los cristianos, que es Cristo. ¡Qué sugestivo vivir la propia vida "haciendo de puente" con el prójimo, uniendo a las personas y reconciliando a los alejados!

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