¡Amemos la liturgia!

Acabamos de iniciar con el Adviento un nuevo Año litúrgico. Los cristianos no empezamos el año en enero, sino con el Adviento que prepara las celebraciones del Nacimiento del Señor. Tenemos todo un año por delante, tiempo de gracia y de bendiciones, tiempo para revivir el misterio de Cristo y para hacerlo todo para alabanza de Dios Padre, por Cristo y en el Espíritu Santo, que habita dentro de nosotros y nos impulsa a acoger y a hacer fructificar todo lo que nos da la gracia.
Toda la liturgia es obra de la Santísima Trinidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n º 1077), y durante el Año litúrgico celebramos el gran acontecimiento de la salvación que se ha realizado en Jesucristo de forma única y plena, pues sólo Él es el único mediador entre Dios y los hombres: "hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también" (1Tim 2,5). La Iglesia celebra la memoria sagrada de la obra de la salvación divina en días determinados durante el curso del año. Despliega así, de forma sacramental, todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta el día de Pentecostés y la expectación de la venida del Señor, y también conmemora los días natalicios de la Virgen y de los santos. La Iglesia siempre ha querido que, partiendo de la fiesta central de la Pascua de Resurrección, el misterio de su Señor la acompañe a lo largo del año, la alimente y la mantenga unida a Él. Así, la acción litúrgica es siempre santificadora, ya que anuncia y actualiza el misterio de Cristo en el hoy de su Esposa, la Iglesia.
Como también subraya el Catecismo, "la liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio" (nº 1104). Será necesario por tanto que entre todos los responsables y colaboradores de las celebraciones hagamos notar que la liturgia no es mera teatralidad o expresión de una idea sugerente o manifestación de la belleza, sino que la liturgia católica es la expresión objetiva, real y concreta de la unión con Dios mismo, que quiere convivir con nosotros, sus hijos queridos. Y de ahí debe nacer nuestro amor por la liturgia, la atención pastoral por la centralidad de la Pascua y el domingo -la Pascua semanal-, la responsabilidad por el ars celebrandi o el arte de celebrar rectamente, según lo que quiere la Iglesia, y que va siempre unido a una participación activa, plena y fructuosa de todos los miembros del Pueblo de Dios. ¡Qué expresiva que fue, en este sentido, la dedicación del templo de la Sagrada Familia de Barcelona por el Papa Benedicto XVI!
¡Amemos la liturgia! Conviene mucho que la vida litúrgica de los bautizados tenga todo el vigor y la centralidad que le corresponde. Tras el III Congreso Litúrgico de Montserrat, celebrado hace 20 años, los Obispos de Cataluña señalaban que "el reto que tenemos los discípulos de Cristo es que haya perfecta coherencia entre vida litúrgica y vida moral, es decir, correspondencia entre la verdad de Dios que proclamamos con los labios y la autenticidad de la vivencia de los valores evangélicos vividos, en nuestro actuar de cada día, con responsabilidad y con gran sentido de comunión eclesial. De ahí que vivir la liturgia como un acto espiritual es un programa que engloba toda la vida cristiana". Tendremos que velar para que la evangelización y la caridad de la Iglesia encuentren esa fuerza que brota del misterio pascual que la divina liturgia celebra y articula a lo largo del año y que transforma el mundo.