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Un recuerdo agradecido del arzobispo Joan

"Sólo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor". Así hablaba Sta. Mónica a su hijo San Agustín, al verse morir. Este próximo lunes día 11 de octubre se cumple un año de la partida hacia la casa del Padre de nuestro querido Arzobispo Joan Martí Alanis, fallecido a sus 80 años y que fue Obispo de Urgell y Copríncipe de Andorra durante un largo pontificado de 32 años. En este domingo día 10 he dispuesto que en todas las iglesias de la Diócesis roguemos por él ante el altar del Señor, para que Dios le dé su descanso eterno en la compañía de los santos. Encomendémoslo a la misericordia del Señor, que lo reciba en "el lugar del consuelo, de la luz y de la paz".

La promesa de vida eterna de Cristo Resucitado para los "siervos buenos y fieles en lo poco" (cf. Mt 25,21), sostiene nuestra esperanza en estos momentos de separación de un Pastor tan querido, hasta que nos reencontremos en el Reino que no tendrá fin. Con la distancia del tiempo, su figura se va engrandeciendo, y podemos proyectar más luz sobre su legado pastoral en la Diócesis, en las personas y en los sacerdotes que tanto amaba, en el Principado de Andorra y en todos los que le trataron. Su ejemplo nos ayuda a ir hacia Dios.

Más allá de las grandes cualidades y la inteligencia del arzobispo Joan, él fue un buen creyente, una persona que buscó siempre el amor, un pastor bueno que miró de unirnos en la caridad. Su lema y su escudo episcopal, que tiene tres rosas y un haz de espigas religado, son muy significativos: "La unidad en la caridad". Quería una Iglesia unida. Sufría cuando veía desunión. Quería un Principado unido, un país hermanado. Unión en la caridad, que es la virtud más sobresaliente de un Obispo, "la caridad pastoral", la entrega a todos, con preferencia a los niños y jóvenes, los ancianos y enfermos, a los más pobres... a imitación del Buen Pastor.
La Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo han sido eficaces para él. Cristo nos consuela profundamente ante el misterio de la muerte, que se lleva a las personas que queremos. Y nos asegura que el arzobispo Joan, por el que oramos en el primer aniversario de su muerte, ha pasado de la muerte a la vida porque eligió a Cristo y se consagró al servicio de los hermanos. Por eso, por más que estuviera marcado por la fragilidad humana -que nos marca a todos, ayudándonos a ser humildes-, la fidelidad de Cristo lo hará entrar en la libertad plena de los hijos de Dios.

Pasé dos años junto a él, como su Obispo Coadjutor, viviendo juntos en la misma casa, orando, concelebrando la misa, disfrutando de las conversaciones y la convivencia, y aprendiendo cerca de él. Y el Señor nos hizo la gracia de estar juntos en sus últimos días y horas en este mundo, con una intimidad bella, episcopal, fraterna y familiar. La Iglesia siempre que despide a un hijo difunto pide solemnemente: "¡Venid en su ayuda santos de Dios, salid a su encuentro ángeles del Señor, recibid su alma y presentadla ante el Altísimo!". Y así ocurrió, hace un año, el día de su nacimiento en el cielo del Arzobispo Joan. Murió en paz, abandonado en las manos del Padre, y mientras eran invocados todos los santos y santas de Dios. Podemos dar gracias por el don de esta vida realizada, como un don del Señor que le ha sido regalado por la gracia divina que Él ha depositado en el corazón de nuestro Arzobispo Joan. Encomendémoslo y encomendémonos a él. "¡Que repose en paz! Amén"