"El fruto de la justicia será la paz" (Is 32,17)

Estamos viviendo una crisis económica, política y social mundial de gran envergadura que afecta a muchas personas y naciones, especialmente a los más débiles, y que a todos nos desanima pues cuesta salir de ella. ¿Tendrá sentido, aún, proyectar utopías, esperar un mundo mejor, más justo y solidario, más digno y pacífico, más unido? ¿Vale la pena luchar por la justicia? Tras la caída del muro de Berlín (1989) parecía que era la derrota de la última conciencia utópica de la humanidad y el inicio de la globalización del capitalismo desbocado triunfante. Dos años después de aquel hecho, Juan Pablo II publicó la encíclica social Centesimus Annus (1991) en la que identificaba las contradicciones internas del marxismo-leninismo, pero también las estructuras de pecado que emanan de un capitalismo sin alma. Nos conviene no olvidarlo, y tener mayor conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, uno de los tesoros que la Iglesia ofrece al mundo, y que tenemos al alcance con el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Se nos impone la necesidad de reflexionar sobre qué futuro imaginamos. Hay que pensar en la viabilidad de una "civilización del amor", de una utopía creíble fundamentada en buenas bases antropológicas. El ser humano es capaz de amor (capax amoris - Max Scheler), por lo que la construcción de un reino basado en el amor gratuito y generoso no es imposible. Estimulados por el Espíritu del Dios Amor podemos vencer las estructuras de pecado y asentar una comunidad de paz y de fraternidad.

Los problemas que acosan al mundo no pueden ser una excusa para abandonar los horizontes humanos. Hay que tener muy presente la virtud de la esperanza y construir un orden del mundo basado en los dos vectores esenciales de la filosofía cristiana: el logos, que nos permite pensar y anticipar racionalmente los problemas, y el ágape, que nos hace semejantes a Dios. La razón nos hace lúcidos y capaces de progresar en el plano científico y social, pero el amor nos hace generosos en la transmisión de los conocimientos y en la extensión del progreso a toda la humanidad, teniendo como prioridad a los más débiles. El declive de las utopías no nos debe conducir al desánimo. Al contrario: la lucha por la justicia social, por la igualdad de derechos, por la defensa de un entorno natural habitable son especialmente urgentes en nuestro presente.

Las graves dimensiones de la crisis no nos han de conducir a la violencia o a la lucha, ni deben ser un pretexto para el desánimo y el desencanto, sino que deben servir para pensar de nuevo el modelo económico y social que hemos forjado y corregir sus errores y excesos. Escribe el Papa Benedicto XVI en su última encíclica Caritas in veritate: "La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De esta manera, la crisis se convierte en una ocasión para discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada" (n. 21). La generación actual de jóvenes y adultos está llamada a preparar el futuro y salvaguardar todo lo bueno del estado de bienestar, con unas relaciones laborales dignas, con unas ganancias empresariales honestas y proporcionadas, con una distribución realmente justa de la riqueza, y a hacer de este mundo un hogar donde todos podamos vivir dignamente, con la calidad que corresponde a un ser creado a imagen y semejanza de Dios, disfrutando, plenamente, del don de la vida que nos ha sido generosamente regalado. Así lo pedimos en estos momentos cruciales para nuestra sociedad.