Teresa de Calcuta: mística de la acción caritativa

"Hemos sido creados para cosas más grandes: para amar y ser amados". Así se expresaba la Madre Teresa de Calcuta, señalando la meta más alta y más central que una persona pueda alcanzar, y que por otra parte, está al alcance de todos. Amar siempre. Dios es amor y quien ama lo conoce y está ya en Él (cf. 1Jn 4,11ss). Todos podemos amar, o al contrario, encerrarnos en el egoísmo.

Nos conviene renovar esta convicción fundamental, cuando estamos recordando en todo el mundo el centenario del nacimiento de la beata Madre Teresa de Calcuta (1910-1997) en Skopje, actual capital de Macedonia. A trece años de su muerte, su ejemplo de generosa dedicación a los más pobres entre los pobres, sigue inspirando y estimulando no sólo a los cristianos, sino también a muchas personas de buena voluntad de todas las convicciones religiosas.

El 10 de septiembre de 1946, cuando ya llevaba diecisiete años de religiosa y de experiencia en India como enseñante en un colegio más bien selecto, sintió en su interior -en un famoso viaje en tren- lo que ella definió como "una llamada en la llamada ": dejar el convento y ayudar a los pobres, viviendo en medio de ellos. Sus superiores eclesiásticos reconocieron la autenticidad de esta "segunda vocación" y fue así como meses más tarde iniciaba su camino entre los más desfavorecidos de la ciudad de Calcuta. En otoño de 1950, a su alrededor, nacía la Congregación de las Misioneras de la Caridad, que actualmente cuenta con más de cuatro mil religiosas que siguen con radicalidad su ejemplo. Imitan a Cristo, viviendo muy pobremente; rezan muchas horas al día, no buscan demasiado la eficacia técnica sino la calidez de la acogida cristiana a cada persona, y regalan aunque sólo sea en las últimas horas de la vida, una total atención a los moribundos y abandonados, como si se tratara del mismo Cristo. Ella lo explica así: "Encontré una mujer moribunda en las calles. La llevé a nuestro hogar. Cuando la acosté, me sonrió, tomó mi mano y dijo una sola palabra: Gracias. Después murió. Ella me dio mucho más de lo que yo hice por ella. Me dio su gratitud".

Es cierto que tuvo muchas dificultades, y al inicio, gran oposición del mundo tradicional hindú; pero acabó siendo enterrada como hija predilecta de la nación india. Trabajó incansablemente por los moribundos sin techo, por los huérfanos, los enfermos de SIDA, los refugiados, los más abandonados. Y fue probada por una prolongada noche del alma.

En el rostro de toda persona sufriente, reconocía a Cristo que desde la Cruz grita "Tengo sed" (Jn 19,28) y corría a aliviar su sufrimiento. Hacía poner en todos los oratorios de la Congregación estas misteriosas palabras de Cristo. Era consciente de que no tenía la solución global a las grandes injusticias del mundo, pero al mismo tiempo sabía que ella tenía que aportar su parte. Ciertamente, la Madre Teresa no fue una "activista", sino más bien una "mística en acción". Su fuerza era la oración, la unión íntima con el Señor, y sabía que la única manera de poder corresponder al amor de Dios es amando concretamente a los hermanos. El Cristo que se daba a ella cada mañana en la Eucaristía, era el mismo Cristo a quien servía en los hermanos que encontraba a lo largo del día. Decía: "Podemos transitar por los lugares más terribles sin miedo, porque Jesús a nosotros nunca nos decepcionará. Jesús es nuestro amor, nuestra fuerza, nuestra alegría y nuestra compasión". Y este amor debe seguir inspirándonos, para darnos generosamente a Jesús, a quien vemos y servimos en el prójimo. "El amor de Cristo siempre es más fuerte que el mal en el mundo".