Unidos al obispo, vivamos intensamente la pertenencia eclesial

El día 5 de septiembre -actualmente memoria litúrgica de la beata Teresa de Calcuta- se cumplen los diecisiete años de mi ordenación episcopal en la Catedral de Barcelona, con los obispos Pere Tena y Jaume Traserra, los tres elegidos por el Papa Juan Pablo II para ser obispos auxiliares de la Archidiócesis de Barcelona. Y ya hace nueve años que, acogiendo una nueva llamada, he venido a servir a Urgell y Andorra. Hago mías las palabras del salmista: "Aquí estoy, Dios mío, quiero hacer tu voluntad" (He 10,9 citando el salmo 40,8).

Siento vivas las exigencias de la vocación de obispo que siempre he vivido como un "preparar los caminos del Señor" (Lc 1,76): Anunciar el Evangelio con total fidelidad y disponibilidad, trabajar siempre por la comunión con el Santo Padre y el Colegio de los Obispos, servicio abnegado a la unidad de la Iglesia, lavar los pies a todo el mundo y ejercer siempre la misericordia, entregar cada día -con espíritu renovado- mi persona y capacidades como en un desposorio espiritual con mi Iglesia diocesana, unión con los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, Eucaristía y oración por la salvación del mundo, sufrimientos y cruces para que Jesucristo sea conocido, amado y servido, sabiduría para captar los nuevos signos de los tiempos con sus exigencias, trabajo pastoral siempre realizado con esperanza y alegría en el corazón y en los labios, crear lazos de amistad, vivir con austeridad y sin nada mío, dar prioridad a los pobres y a los pequeños... Todo ello dimensiones del gran ideal de ser imagen viva del Buen Pastor en medio de los fieles que Él mismo me ha confiado. Os pido que recéis por mí, y en la medida de lo posible, que os animéis a secundar y sostener este ministerio del obispo, que ha sido entregado a la Iglesia.

Esto reclamará una vivencia humilde, confiada y gozosa de la pertenencia eclesial, sentida y querida como la familia propia, o más que la familia propia. De hecho la Iglesia está formada por quienes siguen y aman a Jesucristo radicalmente, "más que al padre o a la madre" (cf. Mt 10,34-37). El ministerio del obispo será valorizado y querido -más allá de la persona concreta que nos pueda caer mejor o peor, o con mayor o menor relieve social, etc.-, si amamos a la Iglesia y entramos en su misterio, por una gracia del Espíritu Santo. Debemos fomentar, hoy más que nunca, un alto sentido de pertenencia a la comunidad eclesial. A finales de mayo el Santo Padre Benedicto XVI pedía que los cristianos "viviésemos intensamente el sentido de pertenencia a la Iglesia, que experimentáramos su belleza, siendo testigos de la esperanza ante nuestro mundo". Y reclamaba que los movimientos eclesiales trabajaran en sintonía con su Diócesis y que los laicos no se sintieran sólo cooperadores distantes de los sacerdotes, sino que asumieran las responsabilidades que les corresponden en la vida de la Iglesia.

De hecho, ¡es tan importante que los fieles oren y quieran a su obispo! Que se mantengan siempre unidos, con obediencia cordial, le acompañen y secunden en su ministerio, y celebren con alegría el día de su ordenación episcopal ya que la plenitud del sacramento del orden, lo convirtió en un don para ellos y para todos. Gracias por el amor que nos entregamos unos a otros. Gracias por la fe y los compromisos compartidos. ¡Ayudadme a ser lo que estoy llamado a ser, en Cristo Jesús!