La Cruz y los cristianos

El tema pastoral para las peregrinaciones de 2010 en el Santuario de la Virgen de Lourdes consiste en aprender a hacer bien y a amar la señal de la Cruz, con Bernadette. Con esta señal distintiva empezamos nuestra vida cristiana, ya desde la misma celebración del Bautismo, cuando padres y padrinos hacen la señal de la cruz sobre el niño que se va a bautizar. Hay que aprender a hacerlo bien, ampliamente, como la Inmaculada Virgen María le enseñó a Santa Bernadette. Dicen todos los testigos que "hacía muy bien la señal de la Cruz, sin miedo a llevarse la mano hasta el hombro; sin duda como lo había visto hacer a la Santísima Virgen (...) lo hacía amplio, con lentitud y respeto (...) El espíritu de fe que la animaba se dejaba ver en todas sus acciones".

El Santo Padre Benedicto XVI nos enseña que "la señal de la Cruz es el gesto fundamental de la oración del cristiano. Significa decir un "sí" visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, el Dios que en la humildad y la debilidad de su Amor, es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo" (Ángelus del 11.09.2005). La cruz representa el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todos los males del mundo. Y es el símbolo por excelencia de la fe cristiana. Está plantada en muchos lugares, sobre muchos edificios y no sólo iglesias; nos ayuda en los hospitales, en las escuelas, en los cementerios... y hacer la señal de la cruz al iniciar un viaje, una comida, una excursión, un evento deportivo, nos identifica como personas que confían en la salvación que Cristo nos ha merecido.

Parece como si la sociedad actual europea quisiera superar la Cruz. Hay quien incluso hace campaña para eliminar la imagen en los edificios públicos en nombre de la laicidad del Estado. La cruz hoy, como lo ha sido también en el pasado, es motivo de escándalo y de incomprensión por parte de quien ve en ella el símbolo supremo del fracaso, o bien una imposición no compartida. Los obispos de los países europeos, sin embargo, han subrayado recientemente que la cruz es un símbolo de "identidad europea", que refleja "el patrimonio cultural de las naciones europeas", una muestra de "solidaridad y de diálogo" y "no una imposición o discriminación". El Crucifijo recuerda "quiénes somos y hacia dónde vamos" y que "las raíces de Europa son cristianas". "Prohibirlo sería una contradicción". Es el encuentro entre la verticalidad del amor de Dios y a Dios, y la horizontalidad del amor al prójimo, sea quien sea, que abarca a todo el mundo.

La cruz, de hecho, en sí misma, es ciertamente un icono terrible de la prepotencia destructora y aniquiladora del ser humano hacia sus semejantes. Sin embargo, para los cristianos, la cruz se ha convertido, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, en símbolo inconfundible de la victoria del bien sobre el mal, de la bondad sobre la maldad, del amor sobre el odio y la indiferencia. La cruz no es algo abstracto. Nuestra cruz, la que nos toca llevar cada día, es diferente para cada uno de nosotros y cambia día a día. Tratar de acoger "nuestra cruz" cada día con espíritu de fe y movidos por el deseo de seguir amorosamente al Señor, es lo que nos permite empezar a experimentar esa alegría que Jesús nos promete y que Él llama "suya". Es la alegría que el Señor resucitado nos quiere dar con creces junto con su paz.

Ser seguidores de un Cristo crucificado, significa ser testigos de Cristo resucitado. Amar la cruz, la cruz que las circunstancias de la vida nos ofrecen y que Dios permite, quiere decir creer que, si amamos como Jesús, con la medida de la cruz, también nosotros podremos experimentar ya desde esta tierra, también en nuestro día a día, la fuerza transformante de su resurrección.