Domingo VI de Pascua

Amados hermanos, en el Señor:

Por propia experiencia y por el trato con nuestros semejantes, fácilmente descubrimos el marcado individualismo que nos aqueja, fruto de ideas preconcebidas, de la herencia genética y de la misma cultura, que nos marca a todos. Por nuestra personal manera de pensar y de vivir confundimos, a veces, la verdad objetiva, total, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que discrepan de nuestras convicciones andan equivocados. De ahí nacen la confrontación y las divisiones. Para evitar este escollo y llegar a un consenso, nada mejor que encontrase en dialogo sincero; a poder ser, arbitrado por una personalidad imparcial y aceptada por todos.

Algunas de las primeras comunidades cristianas pasaron por esta prueba y se enfrentaron en una acalorada discusión. Mientras la comunidad de Jerusalén imponía a los paganos convertidos la obligación de hacerse circuncidar y la de cumplir la ley de Moisés, la comunidad de Antioquia, presidida por Pablo y Bernabé, opinaba que cualquier persona, prescindiendo de su pasado, podía recibir el bautismo y ser admitida en la comunidad sin ninguna otra condición que la de creer en Jesús y adherirse a su Evangelio. Para resolver aquella enconada disputa que afectaba a la vida de muchas personas, los apóstoles se reunieron en Jerusalén y, después de haber orado y debatido la cuestión, acordaron comunicar a las comunidades esta resolución: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos,(...) de animales estrangulados y de contraer matrimonio entre próximos parientes.

Aquella sorprendente fórmula denota hasta que punto los apóstoles están convencidos de estar asistidos por el Espíritu Santo, y aquella presencia es garantía de unidad y de fuerza en el rápido crecimiento de la Iglesia. Presencia que ya les había sido anunciada por Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio: El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La obra de salvación que Jesús ha comenzado visiblemente, en adelante, la llevará a buen término, de manera invisible, el Espíritu Santo, tal como el Señor les prometió: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos él y haremos morada en él. La acción interior del Espíritu será la más eficaz; más todavía que la presencia física de Jesús, porque les hará recordar y entender todo cuanto Jesús les había enseñado. El don del Espíritu hará que los seguidores del Evangelio superen el individualismo y los puntos de vista demasiado personales, para que deseen, busquen y encuentren la verdad total.

La visión de Juan en el Apocalipsis contempla el devenir temporal de la Iglesia fundamentada sobre los doce apóstoles, donde reposa todo el cuerpo del edificio espiritual, y ve también su realización celestial, donde todos los salvados serán reunidos por el Cordero a la luz de su gloria, en plena unidad.

A nosotros, durante el peregrinaje, se nos requiere un actitud de acogida a la llamada evangélica: El que me ama guardará mi palabra. Es el Espíritu Santo quien nos reúne y nos enseña caminos de unidad, para buscar en la Iglesia la verdad total y el progreso en la unida fraterna, dentro de la diversidad positiva y enriquecedora. Cuántos más sean los carismas recibidos y la variedad de nuestras disposiciones, más intensa será la vida de la comunidad, si nos mantenemos unidos en la caridad.