Domingo XXXIII del tiempo ordinario

Amados Hermanos en el Señor:

Gracias a Dios, nosotros, los cristianos, no vivimos en la oscuridad, puesto que, por el Bautismo, por la fe y por la educación cristiana, somos hijos de la luz y del día. Es a saber: tenemos una visión cristiana de nuestra vida y del destino que nos espera. Somos conscientes de nuestra condición de administradores, a quienes el Señor ha confiado un preciado tesoro que debemos guardar y hacer fructificar y del que, algún día, deberemos rendir cuentas.

Además de los dones corporales, como son los sentidos y las demás habilidades físicas,y los atributos intelectuales y afectivos, hemos sido enriquecidos con la gracia y los dones sobrenaturales por los que devenimos hijos de Dios; juntamente con los medios adecuados y suficientes para el cuidado de nuestra vida interior, como son: la fe, los sacramentos, la palabra de Dios, la comunidad de hermanos. Todo ello en el seno de la Iglesia, madre y maestra de los hijos de Dios.

Por lo mismo, no es novedad alguna escuchar en el Evangelio que hemos de negociar prudente y sabiamente con los dones recibidos y que es en aquel mismo esfuerzo donde nos espera la recompensa. Lo dijo así Jesús. Al cabo de mucho tiempo volvió el Señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se presentó el primero y dijo: Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco. Su señor le dijo: Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

Si pretendemos escuchar también nosotros este elogio y la invitación a celebrarlo, no podemos esconder nuestra fe y nuestra práctica religiosa como si nos avergonzáramos de ellas o como si viviéramos aterrorizados por el miedo a perder los dones que nos han sido confiados. No podemos contentarnos con una práctica con el único propósito de cumplir o con el mínimo esfuerzo y escasa participación. No podemos conformarnos con una vida cristiana de mínimos con la exclusiva intención de salvarnos. Era esto, ni más ni menos, lo que había hecho el mal administrador de la parábola, que se presenta delante de su señor, diciendo: Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo. (...) El señor le respondió: Eres un empleado negligente y holgazán. (...) Quitadle el talento... y echadle fuera, a las tinieblas.

Como veis, hermanos, es una muy práctica reflexión, la de esta parábola. Sabemos que la hora de dar cuentas vendrá de noche, como un ladrón y que, según habrá sido la gestión de nuestra vida, así será nuestro fin. Pero nos conviene saber también que la ilusión y el entusiasmo con que podemos gestionar los tesoros que nos han sido confiados, son la sal de la vida y el gozo del tiempo presente; que vive mucho más felizmente el administrador bueno y fiel que no el negligente y holgazán. La alegría de vivir no proviene de guardar el tesoro por temor a perderlo, por comodidad o por egoísmo, sino de correr el riesgo, con la intención de sacarle al máximo rendimiento.