Domingo XXVIII del tiempo ordinario

Queridos amigos en el Señor Jesús:

Fijaos qué sorpresa, qué maravilla, qué acogida prepara el Señor para todos los hombres: Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera: manjares enjundiosos, vinos generosos.

La Biblia se sirve con frecuencia del banquete, como símbolo de la convivencia feliz y del bienestar pletórico a que Dios tiene destinada la humanidad. Un estado de felicidad que comienza en esta vida a la medida en que nos vamos incorporando al estilo de vida de su Reino. Un estado que excluye, ya ahora, la preocupación angustiosa por todo lo inútil que es motivo de dolor y desesperanza para los que, voluntariamente, se desvían del proyecto salvador. Son todas aquellas cosas que, una vez logradas o perdidas, provocan ésta o parecida exclamación: ¿Valía la pena tanto trabajo para tan frustrante resultado?

La fascinante promesa de Dios, en cambio, va más allá de esta vida y, para empezar, según Isaías: Arrancará en este monte el velo que cubre todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. (...) Aquel día se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación.

En la espera de aquel banquete de felicidad, San Pablo pone en cuarentena todas las cosas presentes, diciendo: Hermanos, sé vivir en pobreza y en abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hombre, la abundancia y la privación. Una tan desembarazada actitud le permite exclamar: Todo lo puedo en aquel que me conforta.

La divina invitación para entrar en el Reino va dirigida a todos los hombres sin excepción, aunque algunos la rehúsan. Lo ha dicho la parábola del Evangelio: Mandó criados para que avisaran a los invitados a la boda, pero no quisieron ir. Luego mandó a su Hijo para que invitara a la humanidad y, después de él, envía a la Iglesia con sus mensajeros y predicadores. La voz de la Iglesia es el eco de la voz del Hijo, que insiste en la invitación, pero uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos.

A la vista de tanta ingratitud, el rey llamó de nuevo a los criados y les dijo: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Entonces, aceptaron todos los que tenían hambre, los que no estaban pendientes de negocios absorbentes, aquellos a quienes todavía les quedaba la libertad suficiente para ir a donde querían, porque no dependían de nadie ni de nada, y nada tenían que perder. Aceptaron aquellos que se habían sabido despojar de la timidez alienante y de la sumisión al qué dirán, los que todavía eran dueños de sus vidas y no les importaba significarse en una toma de decisión.

Asistieron a la boda todos los pobres en el espíritu, malos y buenos. Y la sala del banquete se llenó de comensales.