Domingo XXVI del tiempo ordinario

Amados hermanos:

Con humildad y no sin cierto temor, hemos de contemplar siempre en nuestra vida la posibilidad de un cambio en cualquier sentido, dada nuestra inestabilidad y ligereza. Si estamos en el buen camino, nos conviene saber que podríamos deteriorarnos y acabar mal. Nos avisa el profeta Ezequiel: Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Mas, si el camino que ahora seguimos no es el mejor, no olvidemos que tenemos abiertas delante nuestro las puertas de la conversión. Dice el mismo profeta: Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida.

En el mismo sentido hemos de entender las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. La razón es sencilla: unos dan signos de conversión: Los publicanos y las prostitutas le creyeron. Han creído en Jesús y en su anuncio de la salvación. Por el contrario, los sacerdotes y los notables del pueblo dan todas las señales de testarudez y de endurecimiento en su hipocresía y falsedad. Les dice Jesús: Aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.

En la raíz de estos hechos hallaríamos dos comportamientos y sus motivaciones. Es lo del Evangelio: Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: ‘Hijo, ve hoy a trabajar en la viña'. El contestó: ‘No quiero'. Pero después recapacitó y fue. La actitud de este joven demuestra bien a las claras que amaba a su padre y tenía despierta la conciencia, aunque le había podido por un momento su pereza y algún instinto de rebeldía interior. El segundo, en cambio, después de escuchar el mandato del padre para ir a trabajar en la viña, dijo inmediatamente que sí: Voy, señor. Pero no fue. Aquí vemos a un joven que pretende quedar bien con su padre para que no le atosigue más, pero no da ningún síntoma de amor filial. También está claro que no se arrepiente y no aparecen síntomas de remordimiento alguno. Se mira a sí mismo, busca exclusivamente su comodidad y está presto a cualquier hipocresía para que nadie se la estorbe. Le iría de perlas al pobre joven escuchar y meditar la recomendación de San Pablo a los filipenses: No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.

Si de verdad queremos atinar el camino y entender de qué extravíos nos conviene convertirnos, miremos con amor al Siervo de Dios, Jesús, y meditemos atentamente su comportamiento. Nos los ha recomendado también San Pablo: Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El,(...) actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Allegándonos a Jesús aprenderemos a hacernos próximos a los demás y a convertirnos tal como Dios quiere.