Domingo XXII del tiempo ordinario

Hermanos muy amados, en el Señor:

¡Qué difícil es nadar contra corriente! De parecida manera, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es empresa ardua corregir, en nosotros mismos o en los demás, comportamientos equivocados o enquistados por la costumbre. Este era el reto del profeta Jeremías, cuando decía: Siempre que hablo tengo que gritar: ‘Violencia', proclamando: ‘Destrucción'. La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día.

Cuando Jesús dejó entender a los discípulos que había de padecer y ser muerto, tampoco lo entendieron, por más que les habló de la resurrección al tercer día: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ‘¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte!'. La respuesta de Jesús fue contundente: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Este es el meollo de la cuestión: la diferencia de pensamiento entre Dios y los hombres. El hombre piensa en la vida temporal, porque no ve más allá de sus necesidades presentes, mientras que Dios piensa en la vida eterna. Para el hombre lo importante es la salud y la felicidad de sólo el cuerpo y para Dios lo más importante es el espíritu. El hombre busca el placer de los sentidos y siente repugnancia por la prueba y el dolor, al tiempo que Dios prevé en el sufrimiento la purificación del hombre y el medio para conducirle a bienes más elevados. El hombre se ensimisma y procura eliminar todo cuanto le es costoso -pensemos en los delirantes planteamientos del aborto y la eutanasia- , pero Dios ama y protege a su pueblo y procura la vida y el bien, no para algunos solamente -serían los preferidos- sino para todos, privilegiando a los más desprotegidos. El hombre lo ve todo con el ojo enfermo de su egoísmo, y Dios contempla toda la creación con el ojo purísimo del amor y la quiere conducir a la felicidad total, cuando hará un cielo nuevo y una tierra nueva, completando el coronamiento de su obra. El pequeño planeta tierra; más todavía, cada uno de nosotros, somos como un átomo insignificante en el concierto del universo inconmensurable.

Ante este panorama cósmico, ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?; es decir, si se viera excluido de aquel concierto universal de gloria, porque se encerró en sí mismo y se negó a formar parte del todo; si lo ha querido todo para él solo?

¡Mirad, pues, si andamos errados cuando no queremos saber nada de Dios y de su obra! ¡Mirad cuan pobres somos si pretendemos ser el centro del mundo, si queremos comer después de hartos y no sabemos poner freno a nuestra avaricia o a nuestro afán de dominio! Jesús sentencia esta situación con una frase impresionante: Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. Encontrar la vida es centrarse en Dios, sentirse pueblo con los demás y parte insignificante del universo, obra maestra del Creador.