Domingo XVIII del tiempo ordinario

Amigos y hermanos muy queridos:
Dejaremos aparte, hoy, el fenómeno incomprensible e inaceptable del hambre de pan que sufren centenares de millones de seres humanos, al tiempo que, en otros lugares de la tierra, los alimentos son destruidos por exceso de producción. En estas circunstancias no podemos esperar que se repita el milagro de la multiplicación de los panes, porque hacerlo, está al alcance de la mano de otros hombres.
Sí, en cambio, que podemos prestar atención al sentido espiritual de la liturgia de este domingo: la gente de aquí y de allá, los pobres y los ricos, padecen un hambre extrema de sentido y de esperanza. Saciar este hambre es el reto del hombre actual. Para saciar el hambre de libertad, los pueblos confían en la política y luchan para progresar en el camino de la democracia; para saciar la sed de afirmación personal, de autosuficiencia y de dominio de la naturaleza, los estudiosos confían en la ciencia, la técnica, la cultura y la expresión artística, dando pasos -hasta hace poco insospechados- en todas estas disciplinas.
Pero, nos preguntamos: ¿Por este camino, ha esclarecido el hombre moderno notablemente el sentido de la vida, o ha puesto fundamentos reales y comprobables para la esperanza? Constatamos, por el contrario, que nuestro mundo se halla cada vez más desorientado y desesperanzado. Ante esta situación, ¿hacia dónde puede dirigir su mirada la sociedad actual? El profeta Isaías nos ha regalado unas palabras válidas para todos los tiempos y para todos los habitantes de la tierra: Así dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien; (...) venid a mí : escuchadme y viviréis.
El camino que nos propone el profeta es volver a Dios confiadamente, hasta que no se haga verdad en nosotros aquella estrofa del salmo: Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo: abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente.
Cuando todo el mundo ponga su mirada en Dios, brollará en el corazón de los hombres el sentido y la esperanza, se conseguirá que la tierra produzca lo necesario para alimentar a todos los vivientes y los espíritus de los hombres se verán saciados de Dios; porque el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
Los parlamentos y los gobiernos de las naciones tienen una palabra a decir y una tarea que hacer. Pero aquellas tareas y palabras no darán sus frutos generosos, hasta que no pongamos todos nuestra mirada y nuestra esperanza en el Señor, y hasta que él no abra la mano para darnos el alimento salvador en tiempo oportuno.