Domingo XV del tiempo ordinario

Amados Hermanos:

Cuando descubrimos ideas nuevas, a nuestro entender importantes, solemos comunicarlas con entusiasmo y nos place que otros se aprovechen de sus ventajas, al tiempo que comprendemos que vendrán fracasos y decepciones, y no nos hacemos demasiadas ilusiones sobre la acogida favorable que va a tener nuestro intento bienintencionado. Prevemos que unos se cerrarán y que otros nos escucharán con atención y hasta con interés. Sabemos que el éxito solo nos sonreirá si actuamos con entusiasmo y optimismo, y creemos de verdad en nuestra tarea.

Nunca un mensaje ha sido tan eficaz como lo ha sido la palabra de Dios que, en la primera lectura, es comparada a la lluvia y a la nieve bajadas del cielo, que no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar. Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo - dice el Señor.

Por supuesto, nunca algún maestro ha sido tan sabio, pedagogo y entregado a su misión de enseñar, como Jesús. A pesar de ello, su palabra explicada sencillamente al pueblo -sin excluir a los sabios y entendidos- no siempre fue acogida ni produjo el fruto esperado. La parábola del sembrador es un ejemplo claro de esta situación que vale, tanto para los judíos que la escucharon, como para nosotros. Porque ahora, como antes, hay personas que al escuchar esa parábola, son como el borde del camino donde no hay tierra suficiente. Allí la simiente no puede germinar y todo esfuerzo de adoctrinamiento es inútil. Si la predicación de la palabra cae sobre un corazón endurecido por el orgullo, huérfano de deseos de aprender y de convertirse, con poco espacio para los sentimientos y afectos, la verdad escuchada no podrá echar raíces, ni en el caso en que hubiese despertado algún tenue interés. Es como semilla que cae en terreno rocoso. Algunas personas, en recibir la predicación de la palabra, sienten la violencia de sus pasiones y son como tierra ocupada por cardos, que impiden el crecimiento de la palabra de vida y acaban ahogándola.

Pero, no todo es negativo. Personas hay bien dispuestas, cargadas de deseos de crecer y mejorar; que se hacen obedientes a la palabra, dándole acogida y esforzándose para entenderla y vivirla. Es en su interior donde la palabra de Dios será plenamente eficaz y no volverá sin haber dado el fruto que Dios quería.

Entre los bautizados, lamentablemente, hay personas que no escuchan la palabra de Dios ni la leen, por no sentirse motivados. Son como tierra árida y desértica a donde no llega una gota de agua. Nosotros, en cambio, la escuchamos con frecuencia, por lo menos los domingos, y quizás la leemos personalmente. Añadamos a ello el esmero en cultivar las mejores disposiciones: atención amorosa, acogida con deseo sincero, deseo de los frutos que promete, agradecimiento y espíritu de oración. Entonces la palabra, como un sacramento, nos transformará positivamente poquito a poco, nos abrirá nuevos horizontes, nos ayudará a vencer lo que parecía insuperable y a amar, como no lo habíamos hecho todavía.