Domingo XIV del tiempo ordinario

Amados en el Señor Jesús:

El Evangelio entero es una invitación insistente y afectuosa al seguimiento de Jesús, que se presenta a sí mismo como el Maestro de nuestra vida. A esta invitación, nosotros los bautizados -más especialmente los practicantes- respondimos SÍ por primera vez en el Bautismo y, repetidamente, en muchas otras ocasiones de nuestra vida. Por ello podemos decir que conocemos un poco al Maestro; pero solo un poquito y muy exteriormente; sin que hayamos llegado a un conocimiento interno, profundo, experimental.

Al conocimiento interno de Jesús no podemos acceder por nuestros solos medios, ni siquiera supuesto un muy grande interés, una dedicación atenta y una indiscutible diligencia. La lectura de libros y la escucha de personas que nos hablen de él nos ayudarán sin duda, pero no son medio suficiente. Las mismas palabras de Jesús lo dan a entender claramente: Nadie conoce al Hijo más que el Padre. Para llegar, pues, a un pleno conocimiento de Jesús es necesario orar y esperar a que el Padre nos lo revele.

Con todo, las lecturas de hoy nos acercan al conocimiento del estilo de ser de Jesús. La primera lectura, del profeta Zacarías, refiriéndose al Mesías que había de venir, dice: Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. (...) Romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones, dominará de mar a mar. Por esta profecía conocemos de Jesús su bondad y humildad, y sabemos que viene a traer la paz al mundo y a salvar a sus habitantes. Entendemos que estará al lado de los rectos de corazón y les ayudará a ser personas, sabemos que protegerá a los humildes, a los pobres y a los que pasan tribulación.

Él mismo, en el evangelio, ha dicho cómo se preocupa de nosotros y nos acoge, si nos acercamos a él: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Nos hará reposar de las preocupaciones desproporcionadas por las necesidades temporales y de las enseñanzas de maestros autosuficientes y orgullosos, o de doctrinas humanas que quieren hacer de la religión una carga. Si nos hacemos discípulos suyos, que es Maestro benévolo y humilde de corazón, encontraremos nuestro descanso.

Si nos proponemos de vedad ser discípulos suyos, nos conviene pertrecharnos de unas condiciones previas, que nos abreviarán el camino y lo tornarán fácil y atractivo: Hacernos sencillos de corazón y poner nuestra vida en sus manos. Si vamos por la vida de sabios y entendidos, perderemos el sendero, porque a ellos, el Padre ha escondido estas cosas. Oremos; oremos dando gracias por la paz, el reposo y la felicidad a que Dios, por medio de Jesús, nos invita.

Llegados a este punto, si hemos conocido interiormente a Jesús y su mensaje pacificador, podremos ser reflejo, ante el mundo, de tanta gracia y tanto bien como nos trae el Reino de Dios. Sin pretender llevar a cabo ninguna extraordinaria, nos convertiremos, por nuestra propia manea de ser y de vivir, en sal de la tierra y luz del mundo.