Domingo XII del tiempo ordinario

Amigos muy queridos en el Señor:

A causa de su predicación clara y contundente, el profeta Jeremías fue malquerido por mucha gente y rechazado públicamente. Pero él no tenía miedo, no se dejaba acobardar, porque decía: El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. El miedo es negativo y paralizante, no ayuda en absoluto y no conduce a ninguna solución; y sin embargo, frecuentemente hemos sido o somos todavía presas de él.

A veces, tenemos miedo de Dios. Mal informados o quizás mal catequizados vemos en Dios al poderoso vigilante de la ley y el orden, atento siempre al mínimo fallo, dispuesto a llevarnos por el camino estrecho y llevando la cuenta de nuestras deudas para exigirnos, al final, su pago estricto. Pero no es éste el único miedo que nos perjudica, porque solemos temer todavía más a la gente: miedo de ser observados y criticados, de que nos cuelguen alguna etiqueta, de ser perseguidos, de que nos hagan objeto de sus habladurías. En el Evangelio hemos escuchado una advertencia importante de Jesús: No tengáis miedo de los hombres. Porque, si tememos las críticas y la habladurías o los juicios precipitados e injustos de la gente, viviremos como esclavos, nos sentiremos anulados e incapaces de realizar nuestros ideales y de desarrollar nuestra personalidad.

Es importante que nos valoremos debidamente a nosotros mismos y que nos procuremos convicciones profundas para garantizar nuestra personalidad. Esta actitud, si es vivida con humildad, nos dará la confianza suficiente para no depender de la opinión ajena, de lo que digan de nosotros. La mejor manera de valorarnos a nosotros mismos será recordar cómo nos ama y nos valora el Señor. Jesús explica la valoración que Dios hace de nosotros de esta manera: Vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo.

Cada uno de nosotros es muy importante a los ojos de Dios. No por sus cualidades o virtudes, por la apariencia física o por sus dotes intelectuales; mucho menos todavía por sus riquezas, su poder, o por las influencias y selectas relaciones. Nuestro valor real, intrínseco, nos viene dado por el amor incondicional y gratuito que Dios nos tiene, por la valoración que él hace de nosotros como criaturas suyas, destinadas a la vida eterna con él. Nuestra confianza, así como la alegría de vivir, nos viene exclusivamente por el hecho de ser amados y hasta mimados por Dios.

Con todo, Jesús nos ha insinuado que, si bien nada tenemos que temer de los hombres, es conveniente que temamos a Dios. ¿Cómo hemos de entender este temor de Dios? ¿Cómo puede decir que temamos a Dios, si es verdad que nos ama con amor eterno y, a sus ojos, valemos más que la creación entera?

La respuesta está también en el amor. Hemos de temer perder a Dios de vista; nos ha de cuestionar vivamente la posibilidad de desconectar de él nuestra vida, de ponernos en su contra, de fabricarnos dioses falsos que no nos pueden reconocer, responder, ni salvar. Los ídolos de los hombres, como el orgullo, la prepotencia, las seguridades temporales, no son nada. Son como ídolos de madera o de metal que no tienen ojos ni oídos, que no son nada.